
Ramiro cargó a un rival y lo mantuvo en posición boca abajo un par de segundos, antes de dejarlo caer al suelo. El hematoma en la frente era espectacular, la sangre apareció, estupefactos, descuidamos la llegada de la maestra al salón de clases. Nadie tuvo tiempo de correr a su lugar, como era costumbre cuando jugabamos luchitas, para eludir el juicio sumario de la profesora Silvia y vernos obligados a confesar nuestros crímenes escolares de cuarto año. “Quién fué?”, repitió con voz inquisidora; la cofradía y el acuerdo de no traición se disolvieron cuando la maestra clavó la mirada en Luis : “El Buitre, fue El Buitre”. El delator corrió peor suerte que el culpable: Silvia consideró más grave el uso de un apodo que haber ocasionado un chichón de antología.
Cómo íba a sospechar del alto nivel de inmoralidad que podía contener un mote, si en la televisión Angel Fernández había bautizado al futbolista Italo Estupiñán como El Gato Salvaje, en La Vecindad del Chavo nadie se llamaba Pedro ni María, papá se refería a mi hermano como Pinocho por narigón, y hasta en la iglesia hablaban del Padre Chinchachoma, un sacerdote poco ortodoxo que fundó varios alberges para niños de la calle. El apodo se lo pusieron ellos, precisamente, por su escaso cabello.
En nuestras casas era común escuchar que los papás recurrieran a sobrenombres como Gorda o Viejo, en lugar de mencionar sus nombres propios. Claro, siempre con respeto. Tal vez costumbrismo. No sé con certeza si la maestra Silvia era mayor o menor que nuestros padres, pero recuerdo algunos escotes que levantaban pasiones entre nosotros, sus discípulos de 9 años. Ahora que lo pienso, me parece que Silvia era soltera. Al menos yo nunca vi ningún señor con posibilidades de llamarla Flaca, cariñosa o sarcásticamente, en el hogar.
Julieta, una buena amiga de quinto, también era delgada pero a ella le decíamos Vitola. Hacía como que se enojaba pero le gustaba, sobre todo porque llamar a alguien con un alias otorga el derecho de bautizar en la misma medida a sus agresores, y ella era ágil para apodar. El Tío Lucas, El Zombie, La Supersónica y El Queso de Puerco pueden constatarlo.
Los sobrenombres obedecen distintas variables; no es lo mismo El Pecas que Archi, ni Sansón que Mamá Dolores. El apodo añade virtudes al nombre seleccionado conspicuamente por los padres: Briagoberto, Recruel, Carlitros, Caldorina. El aspecto físico ofrece variaciones sobre un mismo tema: Chaparro, Tatú, Poco Hombre. Hay quien los hereda: hijo de Tigre, Tigrito Azcárraga, quien por cierto, no adquirió un sobrenombre que denotara el negocio familiar como Enrique el de Los Tamaleros, José el de Los Carniceros o Lupe Lajito (apócope de La Jitomatera).
Los mexicanos pertenecemos a una cultura donde el sobrenombre no es ajeno. A Gavilondo Soler se le recuerda más como El Grillito Cantor, a Alejandro González Iñarritú ya todo mundo le llama Negro, como si hubieran compartido banca en la escuela, y hasta a un intelectual como García Márquez se le reduce el nombre a Gabo, por no mencionar a El Monsi. Y no es falta de respeto sino muestra de cariño, caso contrario a lo sucedido con la novia de un amigo, a quien apodaron La Tyson cuando la pela vs Evander Holyfield, porque a su novio le faltaba un pedazo de oreja.
Algunos apodos alcanzan tal proyección mediática que cientos, tal vez miles de individuos, adquieren el mismo alias como consecuencia. Tal es el caso de los sobrenombres de Daniel Arizmendi y Santiago Meza López, mejor conocidos como El Mocha Orejas y El Pozolero, respectivamente. Humor negro o de mal gusto; sobrenombres que alcanzaron primeros lugares de popularidad en varias colonias.
Otro que obtuvo sus 15 warholianos de fama por un golpe mediático fue Santiago González Osorio, alias El Roñas, interno del Centro de Tratamiento para Varones que le puso cuernos ni más ni menos que al entonces presidente Vicente Fox Quesada, mientras se tomaban la foto del recuerdo. Pero en este caso aplica la ley arriba mencionada con mi amiga La Vitola: “el que se ríe se lleva, y el que se lleva se aguanta”. Siendo aún candidato a la presidencia, se refirió a su contrincante priista como Francisco Lavestida Ochoa, haciendo mofa de las supuestas inclinaciones sentimentales del sinaloense. Y qué tal cuando tuvo el gesto de comparar a las amas de casas con "lavadoras de dos patas”. Vientos Roñas!
Mientras en México el apodo suele utilizarse como si fuera de pila, en Noruega aún no he tenido el gusto de saludar a un noruego con alias, aunque casi la totalidad de mujeres mexicanas que conozco, suele llamar a su peor es nada Güero. Muy originales. En una fiesta es normal que cuando una de ellas le grita a su marido “Güero!” en medio de la concurrencia, todos los matrimoniados con mexicanas u otras latinas, volteen al unísono. Eso sí, entre los nombres propios usados en Noruega, uno puede encontrar algunos que en México no tienen más que una función netamente de apodo, como lo son Bjørn (oso) y Ulf (de ulv-lobo).
Sospecho que la ausencia de apodos en Noruega puede tener una de sus razones en el mobbing. Por principio, nadie tiene derecho de molestar al prójimo. Los mexicanos somos ocurrentes y recurrentes, los apodos bien pueden obedecer a lo que algunos llaman espíritu festivo, aunque la verdad, frecuentemente devienen en puro espíritu chingativo. Yo no sé si sea fiesta o desmadre, pero gracias al incidente provocado por la lucha libre en cuarto de primaria, me enteré, al igual que muchos de mis compañeros, de que El Buitre se llamaba Javier.
Continuar leyendo...