jueves, 25 de febrero de 2010

El corazón de Kristine registra grados bajo cero


El invierno es necio como el último borracho que se niega a dejar la fiesta. Sigue ahí, inamovible, sorprendiendo con nuevas nevadas cuando todos creían que se marchaba. Oslo no ha registrado temperaturas por encima de cero, a la sombra, desde el 12 de diciembre de 2009.

Hoy amaneció despejado y la posibilidad de poner fin a los 73 días bajo cero fue latente, pero no posible. No obstante, el sol derritió parte de la rigidez invernal: recibí un par de sonrisas por la calle y la nieve ha escurrido sobre los techos de los edificios, hasta convertirse en fascinantes figuras de hielo que sugieren estalactitas o estacas.

Lo grave de estas caprichosas formas cristalinas es que ni estamos al interior de una caverna, ni son vampiros las posibles víctimas de sus incrustaciones. Los señalamientos que indican la probabilidad de un alud o el desprendimiento de masas de hielo puntiagudas, me recuerdan la propaganda desplegada durante los periodos electorales en México: tapizan la ciudad, anuncian lo que todos saben y resultan poco útiles para los peatones que, sin alternativa, recorren las aceras reducidas a senderos debido a los amontonamientos de nieve, quedando expuestos a una especie de ruleta rusa donde el rigor del sol decide su suerte.

Entre estos avisos de lo obvio, hay uno que destaca por su ironía:"Ojo! Miré hacia arriba", como si los transeúntes de la ciudad de Oslo, símil de una pista de hielo cubierta con arena, gracias a las propiedades que la nieve adquiere por la sal regada para evitar su congelamiento, ignoraran que las secuelas del invierno no son exclusivas a nivel peatonal. Girar la cabeza en dirección a las estaláctitas de hielo puede, literalmente, costar un ojo de la cara.

El frío y las pocas horas de luz que caracterizan al invierno nórdico, provocan una temprana ansiedad por llegar a su fin. Las vicisitudes varían: abundan los resfriados, la abulia se hace constante, los resbalones y las fracturas son cotidianos -particularmente entre miembros de la tercera edad-, el caos vial encuentra un aliado en la ineficacia del transporte público, y los padres de familia sufren crisis cuando los niños, forrados con tres capas de ropa, avisan que necesitan ir urgentemente al baño justo antes de salir de casa o, peor aún, estando en la vía publica y cerca de la nada. En lo particular, una consecuencia de las bajas temperaturas capaz de incomodarme, es dormir con pijama. Tratándose de un acto esporádico, suelo despertar sobresaltado al sentir que traigo puesta una prenda, por temor a haber pernoctado en cama ajena.

Aunque las temperaturas bajo cero no han llegado a los 80 días que Julio Verne otorgó a Phileas Fogg y Passepartout para dar la vuelta al mundo, cabe recordar que el periodo de oscuridad y frío inició a mediados de octubre y se prolongará probablemente un mes más, alcanzando así una duración cercana a medio año. El invierno es una prueba contra el hastío. Paradójicamente, ahora que se aproxima la primavera, diversas imágenes invernales tejen un sentimiento de nostalgia en mi persona.

Pienso en los recorridos hechos en ferry muchas de las mañanas y tardes de los últimos meses entre Aker Brygge y la península de Nesodden. Algunas veces me tocó ver el Fiordo de Oslo convertido en un inmenso rompecabezas de hielo, compuesto por piezas con apariencia de pequeños icebergs que embonaban perfectamente ante el oleaje provocado por el transbordador. En otras ocasiones, cuando el mar se hayaba menos congelado, su superficie era una capa de latex que adquiría la flexibilidad de la corriente, sin desquebrajar el agua solidificada.

Una mañana de inversión térmica y neblina, la embarcación hubo de navegar primero lento y luego en reversa. La visibilidad era nula y el rostro en la mayoría de los pasajeros expresaba tragedia. En mi interior sonaba Get off of my cloud. A las cartas naúticas, la brújula y el radar, se sumaron las sirenas de los barcos como instrumentos de navegación. Nuestro capitán apeló a su instinto; tras unos minutos de maniobra, acallamos en el puerto. La tragedia había devenido aventura: los pasajeros tenían una anécdota que contar. Yo me quedé con ganas de saltar al mar.

Al atardecer, el cielo estaba despejado y lucía azul profundo. La diáfana visibilidad convertía al mar en el espejo donde la bóveda celeste saciaba su vanidad. El retorno a la ciudad rompió el hechizo: gentío y tráfico eran enmarcados por montañas de nieve ennegrecida con basura y smog. Desde mi asiento del autobús detenido frente al Teatro Nacional, observé a dos ancianas que cruzaron corriendo la avenida a pasos lentos, con la intención de alcanzar al camión del sentido opuesto. Concentradas en su objetivo, ignoraron la luz que les indicaba el alto a ellas y cedía el paso al tranvía.

Hay nevadas que desafían a la ley de gravedad, su viaje no es vertical sino de izquierda a derecha y viceversa. Los ojos se convierten en rendijas incapaces de filtrar la fina nieve que también terminará encontrando un ducto a la espalda, aprovechando la encorvada postura de los trashumantes. Bajo esas tormentas, únicamente un motivo extraordinario es capaz de enderezar al cuerpo, como la manta que alguien colgó entre dos árboles del barrio vecino: "Kristine, perdóname. Te amo!". Nadie resistía hurgar el mensaje ajeno; incluso una revista semanal presentó una imagen del mismo, preguntando en el pie de foto si el autor sería perdonado. Lo que intentó ser un detalle original y parecía anuncio de kermés, propició la mutación de un conflicto privado en un asunto del dominio público: si antes no la tenía, a partir de la publicación Kristine contaba con una razón de peso para negar el indulto.

A pesar de los días soleados, el Instituto Meteorológico anuncia nuevos descensos en la temperatura para este fin de semana. No sé si vuelva a nevar, tampoco sé si el corazón de Kristine registra grados bajo cero o si la manta fue plantada por la misma revista para tener algo que publicar. Ni siquiera estoy seguro de que las ancianas no hayan visto la luz roja el día que perdieron el autobús y casi la vida. La única certeza con que cuento es el invierno: no se ha ido, ni sé cuando se irá.


Foto: A. Froese

http://www.flickr.com/photos/anfroese/ / CC BY-SA 2.0


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miércoles, 13 de enero de 2010

Viernes, gélido viernes


El termómetro marcaba -17; me decepcionó, yo esperaba leer algo así como 24 grados bajo cero. Camino a casa recibí una llamada y sostuve el celular dos minutos y medio sin guante, segundos después de colgar se me entumió el dedo meñique de la mano izquierda . Y luego la palma, el brazo, el corazón, los pies y hasta los dientes.

Tenía que salir nuevamente y el viento afuera era un arma punzocortante. Sus caricias en el rostro me hacían pensar en las navajas para rasurar que, partidas simétricamente, suelen ser un recurrido intrumento para escenificar suicidios en el cine. Así lo intentó Tamek en Breve película sobre el amor, sexto filme en el Decálogo de Kieslowski. Previo a su atentado, el joven polaco había buscado enfriar, literalmente, un choque emocional colocando puñados de hielo sobre sus orejas.

Rumbo al autobús crucé una cancha de fútbol que funciona como pista de patinaje durante el invierno. Cuatro o cinco jóvenes pateaban un balón con la enjundia necesaria para ignorar la nieve, el hielo y los grados bajo cero. A escasos metros de la parada, un hombre delgado giraba sobre su propio eje con los brazos recogidos sobre el pecho. Ocasionalmente los extendía y cantaba algo parecido a un mantra. Por un momento temí que se estuviera dirigiendo al dios de la nieve, si es que existe uno en la mitología escandinava.

El balance del hombre era impresionate, la velocidad de sus giros sólo disminuía ligeramente si algún transeúnte pasaba a su lado en la angosta, angostísima acera delimitada por los montones de nieve. Eramos varios los pasajeros en espera de transporte y poco a poco, con fingida indiferencia, nos fuimos alineando como pingüinos para protegernos del frío. Alguien comentó que el hombre estaba loco, o drogado, o que simplemente bailaba para calentarse. El autobús llegó y todos lo abordamos, incluido el hombre de los giros.

En el camión las piruetas fueron sustituidas por cantos cuasi operísticos. Un pasajero se quejó y encendió su mp3 para contrarrestar al hombre de la zarzuela. El pasajero empezó a cantar en voz alta pero yo no lograba distinguir si lo hacía en inglés, noruego, una mezcla de ambos o en algún otro idioma. El chófer anunció con su micrófono que los escandalosos serían echados del vehículo si no se sosegaban. El hombre de los giros contestó Norway is a free country! , y abandonó el autobús en Bogstadveien decidido a continuar la noche. Tal vez a iniciarla.

Junto con él dejaron la nave varios argonautas dispuestos a sumergirse en los antros de Majorstuen. Imponiendo su narcisismo al clima, casi nadie llevaba gorra a pesar del frío: las cabezas lucían cuidadosamente almidonadas para la noche de viernes. Semivacío, el autobús quedó en un incómodo silencio; incluso el pasajero del mp3 dejó de aullar y yo me concentré en la gorra de lana que me producía comezón en la cabeza y ardor en la frente. Decidí conservarla, yo no acudiría a ninguna fiesta, no acostumbro peinarme, y su uso no deforma el corte que mi peluquera aplicó inspirada en Franz Ferdinand y a mi sólo me hace pensar en futbolistas sudamericanos de los 70.

Al final sólo quedamos el hombre del mp3 y yo. El había pasado las tres últimas paradas tratando de reunir, infructuosamente, la ropa que de repente había sacado de una mochila tipo militar. Sus movimientos eran más torpes que su canto y parecía querer recoger objetos donde no los había. Entendí ipso facto que mi compañero de esta breve jornada realizaba un viaje paralelo, cobijado, muy probablemente, por algún estimulante psicodélico. En el paradero lo esperaba una mujer de pantalón aleopardado. Ella también había cruzado las puertas huxleyanas de la percepción: agachada, como si fuera a orinar, se carcajeaba del bull terrier miniatura que le acompañaba mientras lo veía correr tras una gaviota.

Antes de enfilar mi camino pegado al mar, miré de reojo al trío: ella se esforzaba en encender un cigarro, el hombre del mp3 y el perro orinaban sobre la nive. Una vez en Oaxaca vi a un perro que no podía dormir la siesta porque, como si se tratara de una película animada, varias moscas empecinadas lo molestaban. Adormilado por el calor y el sueño, el perro tiraba dentelladas al aire mientras gruñía o bostezaba. En la última intentona, el perro terminó mordiendo su propia cola.

Decidí regresar caminando por temor a que nuevas experiencias me hicieran olvidar las de la odisea pasada. Al cruzar la cancha de fútbol improvisada como pista de hielo, observé a los futbolistas glaciares que aún corrían tras el esférico. Yo estaba helado, mis dientes tiritaban y los cuatrocientos metros que me separaban de casa lucían infinitos. Un despeje retorcido mandó el balón a mis pies; una hora más tarde me dirigí a la regadera empapado de sudor: la gélida noche de viernes había presenciado mi debut futbolístico sobre hielo.

Foto: Katarina K.

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domingo, 3 de enero de 2010

Efecto ratatouille


Los años de residencia en México han sido decisivos en las prácticas gastronómicas de mi mujer. El aprecio a su arte culinario adquiere un plus inevitable estando aquí en Noruega, sobre todo cuando se decide a preparar mixiote o pozole, su platillo por excelencia. Modestamente, acostumbra responder a mis halagos con un dicho popular: "el amor entra por el estómago". Aunque hay mucho de cierto en su respuesta, creo que sus virtudes no tienen como objetivo despertar sentimientos y pasiones a través de la cocina al estilo Tita en Como agua para chocolate, sino generar una sinergia como Gabriel García Márquez que escribe para que sus amigos lo quieran, según él mismo ha señalado. Mi mujer recurre al mismo principio sustituyendo a las letras por los alimentos.

La noche anterior a la de Año Nuevo mi futura esposa -contemplamos la posibilidad de casarnos después de trece años de amasiato y dos hijos-preparó por primera vez bacalao a la vizcaina; mi reacción al desgustarlo fue la misma que tuvo Anton Ego después de probar el ratatouille elaborado por la rata Rémy: el sabor me remitió al pretérito, a las enormes cazuelas preparadas por mi padre para que la familia entera disfrutara el único platillo que le vi cocinar religiosamente año tras año, la víspera de navidad.

El sabor era tan delicioso como el recuerdo: quería quedarme ahí, al lado de mis padres y mis hermanos disfrutando el bacalao noruego para luego recibir algún regalo -nada que ver con los excesos consumistas de hoy en día-, y finalmente romper la piñata después de haber cantado la posada. Cuando regresé al presente sentí las mismas ganas de ser bueno que cuando tenía ocho años y papá nos sugería pedir por la paz en el planeta durante la noche buena.

Entre las frases navideñas perpetuadas como clichés, recuerdo la de "que todos los días sean navidad". El deseo no era, obviamente, una navidad infinita por los festejos sino por el deseo de paz que solía reinar en casi todo el mundo. Las guerras entraban en tregua y la violencia en general disminuía. La guerra era, y creo que sigue siendo, lo último que la humanidad desea experimentar; sin embargo, nuestra civilización, en un acto totalmente contradictorio, ha presenciado la entrega del Premio Nobel de la Paz a un galardonado que lo recibió justificando la guerra.

Barack Obama se dijo sorprendido cuando se supo gandor y fue honesto: no lo merecía. Si el Comité del Premio Nobel cambió los principios que rigen dicho galardón y en lugar de reconocer la labor se inclinó por las intenciones -promesas electorales-, se equivocaron y traicionaron su función. Si su objetivo fue presionar la política estadounidense a futuro, Obama les contestó muy claro con el envío de 30 000 soldados más a Afganistán apenas unos días antes de acudir a Oslo.

Con el mismo carisma que un artista pop seduce a su público, Obama persuadió con su retórica sobre la necesidad de la guerra y hasta las lágrimas de la princesa Mette-Marit suscitó. Algunos medios adujeron dicho gesto al imponente y emocional discurso del presidente estadunidense, yo me pregunto si la princesa llor
ó a sabiendas de que las mismas justificaciones sobre el recurso de guerra son usadas precisamente por los enemigos de los Estados Unidos de América. "Ojo por ojo y el mundo acabará ciego" afirmó Mahatma Gandhi, pero él nunca ganó el Nobel a pesar de rechazar la lucha armada para lograr la independencia india del dominio británico.

De niño solía ver la serie televisiva Dimensión desconocida; recuerdo, o creo recordar, un capítulo sobre una nave que llegaba de otro planeta y se estacionaba afuera del edificio de la ONU. Los extraterrestres no venían con intenciones de conquista sino con la consigna de instaurar la paz en la Tierra; para ello, los terrícolas tendrían tres días y, en caso de no conseguir la paz, el planeta sería eliminado. Cuando los extraterrestres regresaron se encontraron con los líderes de las potencias a las afueras de las Naciones Unidas, quienes orgullosamente les presumieron haber conseguido la paz e inmediatamente les entregaron tres enormes tomos con los acuerdos para la misma. Los extraterrestres se miraron entre sí y sólo atinaron decir: "pobres terrícolas, no entienden nada".

Me serviré el segundo plato de bacalao con la intención de traer mejores recuerdos, como cuando mi inocencia, o mejor dicho ingenuidad, me permitía contemplar el cinturón de Orión pensando que sus estrellas eran los Tres Reyes Magos en espera de que quedara dormido para bajar con mis regalos. Su benevolencía para conmigo era realmente la de mi padre, el mismo que preparaba la cena de noche buena y me hacía creer que la paz era posible.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Consummatum est


Noviembre es el mes fúnebre de México y el color de la muerte no es el negro, sino el anaranjado del cempasúchil. La fiesta en los cementerios llega hasta el Mictlán y Comala, sin detenerse en el purgatorio.

La Catrina seduce almas en pena y las consuela con pan de muerto. Los difuntos rondan los altares por curiosidad de ofrendas; los vivos no los ven pero los sienten, y les hablan con la misma naturalidad con que las señoras se dirigen a las flores cuando las riegan, para tenerlas contentas.

Las hojas de flor de muerto señalan el camino a seguir por las almas. El tono ocre de ese sendero me remite al noviembre noruego con su horizonte amarillo de hojarasca: el otoño es la zona hepática del año.

Las hojas abandonan las ramas y tapizan los caminos: los árboles son esqueletos con uñas largas. El sonido de las hojas al desprenderse es un susurro al olvido, triturarlas cuando paso sobre ellas yergue mi espina dorsal: son un dedo fino y helado que recorre mis vértebras.

Al sol le cuesta trabajo levantarse y deja de salir. Vienen las lluvias, los días grises, el lodo escurriendo sobre las calles como rímel en ojos llorosos. La vida entra en un ritmo semilento donde todos tienen prisa de llegar a sus hogares construidos con material aislante. Impiden el paso del frío, del sonido y del mundo allá afuera.

En la oscuridad, Oslo me sugiere Comala: los transeúntes se deslizan como fantasmas urgidos de llegar a la guarida donde las almas penan. Los hay como Pedro Páramo y el padre Rentería, como Juan Preciado y su madre Dolores: si la muerte nos es común a todos, la vida nos asemeja aún más.

No me convertiré en polvo; antes, me comerán los gusanos.

Foto: Tomás Castelazo, Wikimedia Commons.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Mexicano, no subestimes el invierno Noruego

"Cuantos años llevas viviendo en Noruega?" es la pregunta equivocada para un latino radicando en Oslo. "Cuantos inviernos has pasado en Noruega?" es mas acertada.

El vivir mas de tres inviernos en noruega te clasifica como veterano (estadísticas de la embajada muestran que muchos de aquellos mexicanos que vienen a Noruega por razones de trabajo se regresan antes o después del segundo invierno).

Entre cuates al invierno lo conocemos como "el túnel", ya que tardas 6 meses en ver la luz y sentir el calor del sol en la piel.

Los mexicanos olvidamos rápido pero los noruegos nos ganan en cuanto a optimismo climático. Un buen verano noruego esta clasificado como tres días de sol continuos (ok exagero, pero la realidad no es muy lejana).

Mientras el verano representa el calor, vacaciones y relax, el invierno es un monstruo diferente que tiene una mano de hielo y otra mano muy terrible llamada obscuridad. Combinadas te van abrazando y se te van metiendo entre la ropa hasta los huesos.

Acabas de llegar a Noruega, bienvenido! ahora invierte en una buena chamarra, un gorro, bufanda, unos buenos guantes (te advierto que los que venden en H&M estan hechos para noruegos, osea gente que desde el nacimiento ha estado expuesta a bajas temperaturas :) y sobretodo unos buenos zapatos.

Aprende pronto a esquiar y disfruta el invierno, el frio y la obscuridad!

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jueves, 17 de septiembre de 2009

A dos de tres caídas


Aunque de niño no fui una víctima de la televisión, tampoco quedé exento de enajenantes horas frente a su pantalla. Me gustaba ver series y películas: El Llanero Solitario, Batman, Ultraman, las de Pedro Infante y, por supuesto, las de Santo y Blue Demon.

Papá procuraba estar al pendiente de la programación a mi alcance, compuesta en su mayoría por héroes en blanco y negro, resultándole extraño mi precario interés por películas de Cri Cri y algunos clásicos de Disney, sin llegar a preocuparlo como la temprana fascinación que tuve por Tin Tan y Luis Buñuel, autor de la única cinematografía que no libró la censura paterna.

Para mi fortuna, el catolicismo de mi padre traicionó algunos dogmas: no se me inculcó ofrecer la otra mejilla y sospecho que su consentimiento por la programación televisiva de mi preferencia, obedecía a una práctica maquiavélica en la cual la violencia ejecutada por los héroes, era el medio que justificaba el objetivo final: la imposición de la justicia y el triunfo del bien sobre el mal.

Actualmente, la censura en casa es sugerida por mi mujer. Un amigo me prestó tres películas de Santo y Blue Demon para que las viera con mi hijo; sin dudarlo, ella sentenció: “¡esas películas no son para niños!”, a lo cual mi hijo contestó: “nei, ikke barn, bare gutter”.

Hace un par de semanas mi hijo cumplió tres años y festejó corriendo descalzo sobre el pasto frío; al día siguiente amaneció enfermo y se quedó en casa conmigo. Aproveché la ocasión para introducirlo al mundo del pancracio con una maratónica sesión de cine que incluyó Santo vs Los Jinetes del terror; Santo vs Los Zombies (sic); Blue Demon vs Las Invasoras y Santo en el Museo de Cera; todas vistas, más o menos, en fast forward.

Santo es un ícono de la cultura popular mexicana y el mayor héroe de mi infancia; el reencuentro con algunos de sus filmes al lado de mi hijo me produjo nostalgia, risa y algunas reflexiones. En Santo vs Los Jinetes del terror, El Enmascarado de Plata lucha contra una banda de forajidos que tiene entre sus filas a un grupo de leprosos, quienes después de haber escapado del hospital donde se encontraban recluidos, se encargan de sembrar el terror en el pueblo donde acontece este western.

La película fue realizada en 1970, pero el estigma sufrido por los enfermos sugiere un contexto similar al de 1873, año en que el médico noruego Gerhard Armauer Hansen descubrió la bacteria causante de dicho mal. Para mi hijo, los bandoleros eran monstruos, no enfermos, y para el Santo, los leprosos no eran tan malos pero resultaban peligrosos por “contar con la capacidad de contagiar a cualquiera”. De inmediato y por reflejo, pensé en Diarios de motocicleta.

Santo vs Los Zombies (sic) no se desarrolla en Haití ni tiene que ver con el vudú. La historia tiene lugar en México, los zombis conducen automóvil y su creador los manipula ¡a control remoto! Aunque la introducción de los zombis es de antología - Michael Jackson la envidiaría-, el argumento de la película es flojo y poco a poco resulta un somnífero letal. Combinado con la desvelada ocasionada por la tos de mi hijo, caí en un profundo pero corto sueño que fue interrumpido por unas patadas voladoras provenientes de ese cuerpecito de tres años recién cumplidos.

Contra este género cinematográfico, mi mujer señaló la posibilidad de crear conductas violentas y miedos innecesarios en nuestro hijo, y así sucedió: el lance a mis costillas fue una llamada de atención por el abandono en que dejé al benjamín frente a los zombis. De forma contundente, nuestra censora había ganado la primera caída.

Blue Demon vs Las Invasoras está llena de efectos al borde del absurdo. Las amazonas del espacio aterrizan supuestamente en una laguna, pero la edición no salva la cuestionable dirección de arte y es fácil descubrir que se trata de una pecera. Los instrumentos de la nave espacial parecen el laboratorio del Profesor Memelovski, y el efecto de sonido utilizado para transportar a las invasoras de un sitio a otro, desmaterializándose, suena como el chipote chillón del Chapulín Colorado. Eso sí, las extraterrestres, al igual que las terrícolas de la vida real, tienen en sus besos seductores la mejor arma para victimar a los hombres.

La tercera función me reservaba un nuevo reto: mi hijo me obligó a portar la máscara de Blue Demon, o Blu Miedon, como él lo llama, para ver el filme. Mientras el Demonio Azul combatía a mujeres de otro planeta en la pantalla, yo empapaba de sudor el poliuretano de la capucha en un estoico esfuerzo por mantenerme en vigilia. Mi hijo se quedó dormido antes de finalizar la película, lo cual aproveché para despojarme de la máscara y contemplar a mi invasora favorita: una güera en minifalda con ambiciones de conquistar el universo.

Santo en el Museo de Cera sembró dudas suficientes para postergar durante años mi visita a la casona de Londres No. 6, en la Colonia Juárez. Sospechar que debajo de las figuras de Gandhi o Pancho Villa hubiera humanos de carne y hueso, en lugar de estructuras recubiertas de cera, resultaba igual de absurdo que encontrarme con el villano de la película, el satánico Dr. Karol, en el Museo de Cera de la Ciudad de México. Sin embargo, el histrionismo de Claudio Brook lo hacía posible y el único antídoto capaz de contrarrestar al médico nazi, lo ofreció el mismo actor escenificando a un penitente ermitaño en Simón del desierto, bajo la dirección de Luis Buñuel.

Mientras las películas de Santo resultan surrealistas sin proponérselo, las de Buñuel lo son por convicción. Paradójicamente, el director prohibido durante mi infancia resultó ser el exorcista que me liberó de los temores inculcados por los enemigos del invencible Enmascarado de Plata, tan presente en mis juegos y tan ausente en mis miedos.

A manera de epílogo, mi hijo resumió la jornada con un inesperado comentario: “Santo y Blu Miedon usan pañal”. Las mallas y el calzón ajustados hasta el ombligo establecieron el vínculo perfecto entre las máximas figuras de la lucha libre mexicana y su nuevo admirador: un noruego-mexicano de tres años de edad. Con su conclusión, mi hijo ganó la tercera y última caída, consiguiendo asimismo, una prórroga para finiquitar la era Pampers en nuestro hogar.

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Curame un poco

Ayudame a ayudarte. Sin ver en tus ojos los senderos que recorres en solitud o con amigos imaginarios, sin estar contigo.

Esperame! no desaparezcas en ese mar! esperame una vez y otra vez! que el abismo de mi nostalgia me ahoga.

Escucho tu voz a traves de la niebla, pero solo siento el vacio en cada gota. La profundidad de tus palabras y cada ola que me mandas me despierta desde este limite y no me gusta esta realidad.

Un ideal, tres raices, miles de porvenires y una sola esperanza. Cual es mi camino? pongo mis manos al aire, nunca digo adios.

Siempre te amare, dame la mano y siente lo mucho que te necesito, en todos mis memorias y en todos mis senderos. Curame un poco.

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Descanse en paz


I


Se dejó crecer las patillas inspirado en Elvis Presley y adquirió un parecido sorprendente a Vicente Fernández. Los muchachos de la esquina le dijeron que tenías patillas de taquero, de chuleta ahumada y de hombre lobo sacado de película mexicana. Juan ignoró los comentarios; no era necesario discutir su nuevo look con quienes poco, o nada, sabían sobre El Rey del Rock. El único vínculo de la banda con Elvis era el remix de “A little less conversation”, a cargo de JXL. Cada que el hit sonaba en la radio, subían el volumen de la grabadora a un nivel capaz de ahuyentar a los clientes de “La Popular”, la tienda de abarrotes propiedad del nuevo Elvis de Iztapalapa, donde solían reunirse por las noches para tomar una cerveza, un refresco, echar un cigarrito, un toque o por simple cotorreo.

Juan quería ser ingeniero en sistemas pero en la UNAM sólo le ofrecieron lugar en Veterinaria, consolándolo con la posibilidad de un futuro cambio de Facultad. Antes de concluir el primer semestre abandonó los estudios, había escuchado suficientes anécdotas para entender que nunca sería trasladado a la carrera deseada, y el olor a vacas le producía una alergia que lo remitía a un pasado punzante: el establo de una ranchería en Morelos y la camisa a cuadros de su padre, motivo por el cual Juan y Doña Chayo, su progenitora, emigraron a la capital.

Habiendo truncado la posibilidad de convertirse en veterinario con alma de ingeniero, Juan optó por un curso de computación en la escuela que le otorgó un diploma al año de estudios. Ahí adquirió los conocimientos necesarios para darle un plus a “La Popular”, al incluir el servicio de Café- Internet con la computadora que adquirió en Plaza Meave. El título de ingeniero negado por la Universidad le fue otorgado por los usuarios del barrio, la mayoría de ellos, parte del grupo juvenil que estimulaba a otros posibles clientes a caminar dos cuadras más para comprar un kilo de huevo o unas conchas Tía Rosa.

La llegada de la nueva tecnología a “La Popular” significó la jubilación de Doña Chayo y el ascenso de su hijo al frente de la miscelánea. Mientras la fidelidad de algunos clientes de antaño se vio mermada con las modificaciones, nuevos rostros pertenecientes a una generación más joven aparecieron por la tienda, como el de Eva, la estudiante de psicología con quien Juan estableció una amistad inmediata, al convertirse en la primer usuario fija del Café-Internet.

El letrero de “Se preparan tortas de jamón y queso de puerco”, fue sustituido por uno con una larga lista: “Internet, Imprimimos trabajos de escuela, Se queman CD’s y DVD’s, Video juegos, Prohibido ver porno”. Con la llegada de Eva, Doña Chayo renunció a la última de sus actividades y al cartón de “Se hacen trenzas”, lo relevó el colorido anuncio “Hacemos dreadlocks”. Se trató de un cambio más visual que práctico, pues si la madre de Juan llevaba años sin trenzar cabello ajeno, tampoco había muchos interesados en adquirir rastas al lado del refrigerador donde reposaban el queso blanco y los cuartos de crema para tostadas, aunque la autora del peinado llevara el nombre de la única mujer que habitó el paraíso.

Para Doña Chayo, Eva, además de usurpadora, era una coscolina capaz de ignorar el único letrero sobreviviente a la nueva era de “La Popular”: “Este hogar es católico”. La aversión no pasó desapercibida para Eva; Doña Chayo no necesitaba palabras para expresar repudio con los ojos. La oportunidad de analizar un caso típico de madre posesiva, como Eva lo consideró, resultó un ensayo que fue entregado como tarea de escuela.

Sin interés por ser partícipe de un conflicto donde él era el vórtice, Juan fingió continuidad del statu quo ante su madre, debido a intereses carnales: Eva, objeto involuntario de deseo, nunca lo sedujo pero él se enamoró. No se lo dijo a ella y menos a Doña Chayo; tampoco era necesario, ambas lo supieron antes que él. Eva lo entendió cuando Juan empezó a compartirle algunos secretos con la intención de impresionarla, como el motivo de sus patillas, olvidando tener de interlocutora a una obsesionada de los procesos mentales. Con ironía, y a manera de terapia, Eva le recetó el trillado apodo de El-Bizcocho, provocando un malentendido que Juan interpretó como el inicio de una relación.

El idilio pasional sufrió su primer avería al día siguiente: El-Bizcocho fue llamado Elvis, en tono burlón, llegando a la esquina de la tienda. Su confianza había sido traicionada, o tal vez no, Eva era de buen humor, le gustaba llevarse, por eso le caía bien a todo mundo con excepción de Chayo. Lo habían llamado Elvis, no El-Bizcocho; el secreto divulgado no era el origen de un apodo sino la evolución de un sentimiento.

Buscando evitar un cuadro que requiriera atención psiquiátrica y no de un psicólogo, Eva pasó de la ironía al sarcasmo para poner fin a la confusión. Se refirió al intento de Juan por emular a Elvis, como una copia mal lograda de El Loco Valdés. El la llamó Morticia, aludiendo a los ropajes oscuros y la figura anoréxica de ella. Eva consideró la capacidad ofensiva de Juan como un ejemplo de involución; le aconsejó buscar su propio yo y suprimir la venta del insípido café de olla, elaborado por Doña Chayo, en la sección cibernética de “La Popular”. Elvis contraatacó argumentando que era ella quien carecía de personalidad y por eso se interesaba en marchas, conciertos y partidos de futbol, para perderse entre las multitudes pretextando análisis freudianos. Al menos él tenía madre, concluyó.

Ella no apareció en varios días; Juan consideró normal tener una discusión de pareja con todo y secuelas. El enojo, calculó, era pasajero; con flores y una visita al cine, todo iría mejor. Eva regresó al sexto día del percance y sigilosamente, con sus largas uñas pintadas de negro, retiró el diurex que sostenía el anuncio de dreadlocks. Intuyendo una partida definitiva, Juan tuvo una sugerencia desesperada: acudir a la sesión fotográfica de Spencer Tunick en el Zócalo, para posar desnudos en la muchedumbre. Eva lo entendió como un reto y aceptó sonriendo. Le pareció que sin haber leído a Freud ni a Le Bon, Juan buscaba satisfacción aprovechando el anonimato de la masa para decirle adiós.



II

Con precisión de Arquímedes, la aritmética de los organizadores anunciaba una cifra mayor a las 10 mil personas reunidas cuando Juan llegó al Monumento a la Revolución, para participar en el homenaje a Michael Jackson. De entre los muertos que practicaban la coreografía de Triller, emergió Eva. La acompañaba un emo atípico dispuesto a formar parte del record Guinnes. Juan llevaba sombrero, saco de lentejuelas, pantalones zancones y un guante blanco. Guardando una distancia prudente, intercambiaron algo parecido a una sonrisa como saludo. Al más puro estilo de Jacko, Juan desapareció entre un grupo de zombis ejecutando el moonwalk.

Habían pasado más de dos años desde aquella ocasión en que Eva y Juan no posaron para la cámara de Spencer Tunick en el Zócalo. Llegando a la estación del metro San Antonio Abad, ella lo jaló del brazo y lo condujo al hotel más cercano. Ahí se amaron como pudieron, con más coraje que deseo. Antes de retirarse, Eva le dijo que esas patillas eran modelo Vicente Fernández y le sentaban bien a los machos. Aún tendido sobre la cama, Juan pensó en la camisa a cuadros, las botas, el sombrero y las patillas abundantes de su padre. Eva había resuelto su primer reto como psicoanalista sin proponérselo ni enterarse de ello.

Liberado del pasado, Elvis era un intermediario obsoleto. En la televisión del hotel dos pandillas solucionaban sus diferencias bailando; minutos después, Juan proseguía tarareando la melodía de Beat it: la metamorfosis de El Rey del Rock al Rey del Pop había iniciado.


Foto: Guerry/ Creative Commons.

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Videogalería

México vs. EUA (Eliminatoria al Mundial 2010)

Resumen del dramático partido contra los gringos jugado el 12 de agosto en el Estadio Azteca, en el que México se jugaba la vida ...

Noruega vs. Escocia (Eliminatoria al Mundial 2010)

Ese mismo día, también Noruega se jugó su última carta para manterner sus posibilidades vivas para asistir a Sudáfrica.