
El invierno es necio como el último borracho que se niega a dejar la fiesta. Sigue ahí, inamovible, sorprendiendo con nuevas nevadas cuando todos creían que se marchaba. Oslo no ha registrado temperaturas por encima de cero, a la sombra, desde el 12 de diciembre de 2009.
Hoy amaneció despejado y la posibilidad de poner fin a los 73 días bajo cero fue latente, pero no posible. No obstante, el sol derritió parte de la rigidez invernal: recibí un par de sonrisas por la calle y la nieve ha escurrido sobre los techos de los edificios, hasta convertirse en fascinantes figuras de hielo que sugieren estalactitas o estacas.
Lo grave de estas caprichosas formas cristalinas es que ni estamos al interior de una caverna, ni son vampiros las posibles víctimas de sus incrustaciones. Los señalamientos que indican la probabilidad de un alud o el desprendimiento de masas de hielo puntiagudas, me recuerdan la propaganda desplegada durante los periodos electorales en México: tapizan la ciudad, anuncian lo que todos saben y resultan poco útiles para los peatones que, sin alternativa, recorren las aceras reducidas a senderos debido a los amontonamientos de nieve, quedando expuestos a una especie de ruleta rusa donde el rigor del sol decide su suerte.
Entre estos avisos de lo obvio, hay uno que destaca por su ironía:"Ojo! Miré hacia arriba", como si los transeúntes de la ciudad de Oslo, símil de una pista de hielo cubierta con arena, gracias a las propiedades que la nieve adquiere por la sal regada para evitar su congelamiento, ignoraran que las secuelas del invierno no son exclusivas a nivel peatonal. Girar la cabeza en dirección a las estaláctitas de hielo puede, literalmente, costar un ojo de la cara.
El frío y las pocas horas de luz que caracterizan al invierno nórdico, provocan una temprana ansiedad por llegar a su fin. Las vicisitudes varían: abundan los resfriados, la abulia se hace constante, los resbalones y las fracturas son cotidianos -particularmente entre miembros de la tercera edad-, el caos vial encuentra un aliado en la ineficacia del transporte público, y los padres de familia sufren crisis cuando los niños, forrados con tres capas de ropa, avisan que necesitan ir urgentemente al baño justo antes de salir de casa o, peor aún, estando en la vía publica y cerca de la nada. En lo particular, una consecuencia de las bajas temperaturas capaz de incomodarme, es dormir con pijama. Tratándose de un acto esporádico, suelo despertar sobresaltado al sentir que traigo puesta una prenda, por temor a haber pernoctado en cama ajena.
Aunque las temperaturas bajo cero no han llegado a los 80 días que Julio Verne otorgó a Phileas Fogg y Passepartout para dar la vuelta al mundo, cabe recordar que el periodo de oscuridad y frío inició a mediados de octubre y se prolongará probablemente un mes más, alcanzando así una duración cercana a medio año. El invierno es una prueba contra el hastío. Paradójicamente, ahora que se aproxima la primavera, diversas imágenes invernales tejen un sentimiento de nostalgia en mi persona.
Pienso en los recorridos hechos en ferry muchas de las mañanas y tardes de los últimos meses entre Aker Brygge y la península de Nesodden. Algunas veces me tocó ver el Fiordo de Oslo convertido en un inmenso rompecabezas de hielo, compuesto por piezas con apariencia de pequeños icebergs que embonaban perfectamente ante el oleaje provocado por el transbordador. En otras ocasiones, cuando el mar se hayaba menos congelado, su superficie era una capa de latex que adquiría la flexibilidad de la corriente, sin desquebrajar el agua solidificada.
Una mañana de inversión térmica y neblina, la embarcación hubo de navegar primero lento y luego en reversa. La visibilidad era nula y el rostro en la mayoría de los pasajeros expresaba tragedia. En mi interior sonaba Get off of my cloud. A las cartas naúticas, la brújula y el radar, se sumaron las sirenas de los barcos como instrumentos de navegación. Nuestro capitán apeló a su instinto; tras unos minutos de maniobra, acallamos en el puerto. La tragedia había devenido aventura: los pasajeros tenían una anécdota que contar. Yo me quedé con ganas de saltar al mar.
Al atardecer, el cielo estaba despejado y lucía azul profundo. La diáfana visibilidad convertía al mar en el espejo donde la bóveda celeste saciaba su vanidad. El retorno a la ciudad rompió el hechizo: gentío y tráfico eran enmarcados por montañas de nieve ennegrecida con basura y smog. Desde mi asiento del autobús detenido frente al Teatro Nacional, observé a dos ancianas que cruzaron corriendo la avenida a pasos lentos, con la intención de alcanzar al camión del sentido opuesto. Concentradas en su objetivo, ignoraron la luz que les indicaba el alto a ellas y cedía el paso al tranvía.
Hay nevadas que desafían a la ley de gravedad, su viaje no es vertical sino de izquierda a derecha y viceversa. Los ojos se convierten en rendijas incapaces de filtrar la fina nieve que también terminará encontrando un ducto a la espalda, aprovechando la encorvada postura de los trashumantes. Bajo esas tormentas, únicamente un motivo extraordinario es capaz de enderezar al cuerpo, como la manta que alguien colgó entre dos árboles del barrio vecino: "Kristine, perdóname. Te amo!". Nadie resistía hurgar el mensaje ajeno; incluso una revista semanal presentó una imagen del mismo, preguntando en el pie de foto si el autor sería perdonado. Lo que intentó ser un detalle original y parecía anuncio de kermés, propició la mutación de un conflicto privado en un asunto del dominio público: si antes no la tenía, a partir de la publicación Kristine contaba con una razón de peso para negar el indulto.
A pesar de los días soleados, el Instituto Meteorológico anuncia nuevos descensos en la temperatura para este fin de semana. No sé si vuelva a nevar, tampoco sé si el corazón de Kristine registra grados bajo cero o si la manta fue plantada por la misma revista para tener algo que publicar. Ni siquiera estoy seguro de que las ancianas no hayan visto la luz roja el día que perdieron el autobús y casi la vida. La única certeza con que cuento es el invierno: no se ha ido, ni sé cuando se irá.
Foto: A. Froese
http://www.flickr.com/photos/anfroese/ / CC BY-SA 2.0
jueves, 25 de febrero de 2010
El corazón de Kristine registra grados bajo cero
miércoles, 13 de enero de 2010
Viernes, gélido viernes

El termómetro marcaba -17; me decepcionó, yo esperaba leer algo así como 24 grados bajo cero. Camino a casa recibí una llamada y sostuve el celular dos minutos y medio sin guante, segundos después de colgar se me entumió el dedo meñique de la mano izquierda . Y luego la palma, el brazo, el corazón, los pies y hasta los dientes.
Tenía que salir nuevamente y el viento afuera era un arma punzocortante. Sus caricias en el rostro me hacían pensar en las navajas para rasurar que, partidas simétricamente, suelen ser un recurrido intrumento para escenificar suicidios en el cine. Así lo intentó Tamek en Breve película sobre el amor, sexto filme en el Decálogo de Kieslowski. Previo a su atentado, el joven polaco había buscado enfriar, literalmente, un choque emocional colocando puñados de hielo sobre sus orejas.
Rumbo al autobús crucé una cancha de fútbol que funciona como pista de patinaje durante el invierno. Cuatro o cinco jóvenes pateaban un balón con la enjundia necesaria para ignorar la nieve, el hielo y los grados bajo cero. A escasos metros de la parada, un hombre delgado giraba sobre su propio eje con los brazos recogidos sobre el pecho. Ocasionalmente los extendía y cantaba algo parecido a un mantra. Por un momento temí que se estuviera dirigiendo al dios de la nieve, si es que existe uno en la mitología escandinava.
El balance del hombre era impresionate, la velocidad de sus giros sólo disminuía ligeramente si algún transeúnte pasaba a su lado en la angosta, angostísima acera delimitada por los montones de nieve. Eramos varios los pasajeros en espera de transporte y poco a poco, con fingida indiferencia, nos fuimos alineando como pingüinos para protegernos del frío. Alguien comentó que el hombre estaba loco, o drogado, o que simplemente bailaba para calentarse. El autobús llegó y todos lo abordamos, incluido el hombre de los giros.
En el camión las piruetas fueron sustituidas por cantos cuasi operísticos. Un pasajero se quejó y encendió su mp3 para contrarrestar al hombre de la zarzuela. El pasajero empezó a cantar en voz alta pero yo no lograba distinguir si lo hacía en inglés, noruego, una mezcla de ambos o en algún otro idioma. El chófer anunció con su micrófono que los escandalosos serían echados del vehículo si no se sosegaban. El hombre de los giros contestó Norway is a free country! , y abandonó el autobús en Bogstadveien decidido a continuar la noche. Tal vez a iniciarla.
Junto con él dejaron la nave varios argonautas dispuestos a sumergirse en los antros de Majorstuen. Imponiendo su narcisismo al clima, casi nadie llevaba gorra a pesar del frío: las cabezas lucían cuidadosamente almidonadas para la noche de viernes. Semivacío, el autobús quedó en un incómodo silencio; incluso el pasajero del mp3 dejó de aullar y yo me concentré en la gorra de lana que me producía comezón en la cabeza y ardor en la frente. Decidí conservarla, yo no acudiría a ninguna fiesta, no acostumbro peinarme, y su uso no deforma el corte que mi peluquera aplicó inspirada en Franz Ferdinand y a mi sólo me hace pensar en futbolistas sudamericanos de los 70.
Al final sólo quedamos el hombre del mp3 y yo. El había pasado las tres últimas paradas tratando de reunir, infructuosamente, la ropa que de repente había sacado de una mochila tipo militar. Sus movimientos eran más torpes que su canto y parecía querer recoger objetos donde no los había. Entendí ipso facto que mi compañero de esta breve jornada realizaba un viaje paralelo, cobijado, muy probablemente, por algún estimulante psicodélico. En el paradero lo esperaba una mujer de pantalón aleopardado. Ella también había cruzado las puertas huxleyanas de la percepción: agachada, como si fuera a orinar, se carcajeaba del bull terrier miniatura que le acompañaba mientras lo veía correr tras una gaviota.
Antes de enfilar mi camino pegado al mar, miré de reojo al trío: ella se esforzaba en encender un cigarro, el hombre del mp3 y el perro orinaban sobre la nive. Una vez en Oaxaca vi a un perro que no podía dormir la siesta porque, como si se tratara de una película animada, varias moscas empecinadas lo molestaban. Adormilado por el calor y el sueño, el perro tiraba dentelladas al aire mientras gruñía o bostezaba. En la última intentona, el perro terminó mordiendo su propia cola.
Decidí regresar caminando por temor a que nuevas experiencias me hicieran olvidar las de la odisea pasada. Al cruzar la cancha de fútbol improvisada como pista de hielo, observé a los futbolistas glaciares que aún corrían tras el esférico. Yo estaba helado, mis dientes tiritaban y los cuatrocientos metros que me separaban de casa lucían infinitos. Un despeje retorcido mandó el balón a mis pies; una hora más tarde me dirigí a la regadera empapado de sudor: la gélida noche de viernes había presenciado mi debut futbolístico sobre hielo.
Foto: Katarina K.
domingo, 3 de enero de 2010
Efecto ratatouille

Los años de residencia en México han sido decisivos en las prácticas gastronómicas de mi mujer. El aprecio a su arte culinario adquiere un plus inevitable estando aquí en Noruega, sobre todo cuando se decide a preparar mixiote o pozole, su platillo por excelencia. Modestamente, acostumbra responder a mis halagos con un dicho popular: "el amor entra por el estómago". Aunque hay mucho de cierto en su respuesta, creo que sus virtudes no tienen como objetivo despertar sentimientos y pasiones a través de la cocina al estilo Tita en Como agua para chocolate, sino generar una sinergia como Gabriel García Márquez que escribe para que sus amigos lo quieran, según él mismo ha señalado. Mi mujer recurre al mismo principio sustituyendo a las letras por los alimentos.
La noche anterior a la de Año Nuevo mi futura esposa -contemplamos la posibilidad de casarnos después de trece años de amasiato y dos hijos-preparó por primera vez bacalao a la vizcaina; mi reacción al desgustarlo fue la misma que tuvo Anton Ego después de probar el ratatouille elaborado por la rata Rémy: el sabor me remitió al pretérito, a las enormes cazuelas preparadas por mi padre para que la familia entera disfrutara el único platillo que le vi cocinar religiosamente año tras año, la víspera de navidad.
El sabor era tan delicioso como el recuerdo: quería quedarme ahí, al lado de mis padres y mis hermanos disfrutando el bacalao noruego para luego recibir algún regalo -nada que ver con los excesos consumistas de hoy en día-, y finalmente romper la piñata después de haber cantado la posada. Cuando regresé al presente sentí las mismas ganas de ser bueno que cuando tenía ocho años y papá nos sugería pedir por la paz en el planeta durante la noche buena.
Entre las frases navideñas perpetuadas como clichés, recuerdo la de "que todos los días sean navidad". El deseo no era, obviamente, una navidad infinita por los festejos sino por el deseo de paz que solía reinar en casi todo el mundo. Las guerras entraban en tregua y la violencia en general disminuía. La guerra era, y creo que sigue siendo, lo último que la humanidad desea experimentar; sin embargo, nuestra civilización, en un acto totalmente contradictorio, ha presenciado la entrega del Premio Nobel de la Paz a un galardonado que lo recibió justificando la guerra.
Barack Obama se dijo sorprendido cuando se supo gandor y fue honesto: no lo merecía. Si el Comité del Premio Nobel cambió los principios que rigen dicho galardón y en lugar de reconocer la labor se inclinó por las intenciones -promesas electorales-, se equivocaron y traicionaron su función. Si su objetivo fue presionar la política estadounidense a futuro, Obama les contestó muy claro con el envío de 30 000 soldados más a Afganistán apenas unos días antes de acudir a Oslo.
Con el mismo carisma que un artista pop seduce a su público, Obama persuadió con su retórica sobre la necesidad de la guerra y hasta las lágrimas de la princesa Mette-Marit suscitó. Algunos medios adujeron dicho gesto al imponente y emocional discurso del presidente estadunidense, yo me pregunto si la princesa lloró a sabiendas de que las mismas justificaciones sobre el recurso de guerra son usadas precisamente por los enemigos de los Estados Unidos de América. "Ojo por ojo y el mundo acabará ciego" afirmó Mahatma Gandhi, pero él nunca ganó el Nobel a pesar de rechazar la lucha armada para lograr la independencia india del dominio británico.
De niño solía ver la serie televisiva Dimensión desconocida; recuerdo, o creo recordar, un capítulo sobre una nave que llegaba de otro planeta y se estacionaba afuera del edificio de la ONU. Los extraterrestres no venían con intenciones de conquista sino con la consigna de instaurar la paz en la Tierra; para ello, los terrícolas tendrían tres días y, en caso de no conseguir la paz, el planeta sería eliminado. Cuando los extraterrestres regresaron se encontraron con los líderes de las potencias a las afueras de las Naciones Unidas, quienes orgullosamente les presumieron haber conseguido la paz e inmediatamente les entregaron tres enormes tomos con los acuerdos para la misma. Los extraterrestres se miraron entre sí y sólo atinaron decir: "pobres terrícolas, no entienden nada".
Me serviré el segundo plato de bacalao con la intención de traer mejores recuerdos, como cuando mi inocencia, o mejor dicho ingenuidad, me permitía contemplar el cinturón de Orión pensando que sus estrellas eran los Tres Reyes Magos en espera de que quedara dormido para bajar con mis regalos. Su benevolencía para conmigo era realmente la de mi padre, el mismo que preparaba la cena de noche buena y me hacía creer que la paz era posible.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Consummatum est

Noviembre es el mes fúnebre de México y el color de la muerte no es el negro, sino el anaranjado del cempasúchil. La fiesta en los cementerios llega hasta el Mictlán y Comala, sin detenerse en el purgatorio.
La Catrina seduce almas en pena y las consuela con pan de muerto. Los difuntos rondan los altares por curiosidad de ofrendas; los vivos no los ven pero los sienten, y les hablan con la misma naturalidad con que las señoras se dirigen a las flores cuando las riegan, para tenerlas contentas.
Las hojas de flor de muerto señalan el camino a seguir por las almas. El tono ocre de ese sendero me remite al noviembre noruego con su horizonte amarillo de hojarasca: el otoño es la zona hepática del año.
Las hojas abandonan las ramas y tapizan los caminos: los árboles son esqueletos con uñas largas. El sonido de las hojas al desprenderse es un susurro al olvido, triturarlas cuando paso sobre ellas yergue mi espina dorsal: son un dedo fino y helado que recorre mis vértebras.
Al sol le cuesta trabajo levantarse y deja de salir. Vienen las lluvias, los días grises, el lodo escurriendo sobre las calles como rímel en ojos llorosos. La vida entra en un ritmo semilento donde todos tienen prisa de llegar a sus hogares construidos con material aislante. Impiden el paso del frío, del sonido y del mundo allá afuera.
En la oscuridad, Oslo me sugiere Comala: los transeúntes se deslizan como fantasmas urgidos de llegar a la guarida donde las almas penan. Los hay como Pedro Páramo y el padre Rentería, como Juan Preciado y su madre Dolores: si la muerte nos es común a todos, la vida nos asemeja aún más.
No me convertiré en polvo; antes, me comerán los gusanos.
Foto: Tomás Castelazo, Wikimedia Commons.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Mexicano, no subestimes el invierno Noruego
"Cuantos años llevas viviendo en Noruega?" es la pregunta equivocada para un latino radicando en Oslo. "Cuantos inviernos has pasado en Noruega?" es mas acertada.
El vivir mas de tres inviernos en noruega te clasifica como veterano (estadísticas de la embajada muestran que muchos de aquellos mexicanos que vienen a Noruega por razones de trabajo se regresan antes o después del segundo invierno).
Entre cuates al invierno lo conocemos como "el túnel", ya que tardas 6 meses en ver la luz y sentir el calor del sol en la piel.
Los mexicanos olvidamos rápido pero los noruegos nos ganan en cuanto a optimismo climático. Un buen verano noruego esta clasificado como tres días de sol continuos (ok exagero, pero la realidad no es muy lejana).
Mientras el verano representa el calor, vacaciones y relax, el invierno es un monstruo diferente que tiene una mano de hielo y otra mano muy terrible llamada obscuridad. Combinadas te van abrazando y se te van metiendo entre la ropa hasta los huesos.
Acabas de llegar a Noruega, bienvenido! ahora invierte en una buena chamarra, un gorro, bufanda, unos buenos guantes (te advierto que los que venden en H&M estan hechos para noruegos, osea gente que desde el nacimiento ha estado expuesta a bajas temperaturas :) y sobretodo unos buenos zapatos.
Aprende pronto a esquiar y disfruta el invierno, el frio y la obscuridad!
jueves, 17 de septiembre de 2009
A dos de tres caídas
Papá procuraba estar al pendiente de la programación a mi alcance, compuesta en su mayoría por héroes en blanco y negro, resultándole extraño mi precario interés por películas de Cri Cri y algunos clásicos de Disney, sin llegar a preocuparlo como la temprana fascinación que tuve por Tin Tan y Luis Buñuel, autor de la única cinematografía que no libró la censura paterna.
Actualmente, la censura en casa es sugerida por mi mujer. Un amigo me prestó tres películas de Santo y Blue Demon para que las viera con mi hijo; sin dudarlo, ella sentenció: “¡esas películas no son para niños!”, a lo cual mi hijo contestó: “nei, ikke barn, bare gutter”.
Santo es un ícono de la cultura popular mexicana y el mayor héroe de mi infancia; el reencuentro con algunos de sus filmes al lado de mi hijo me produjo nostalgia, risa y algunas reflexiones. En Santo vs Los Jinetes del terror, El Enmascarado de Plata lucha contra una banda de forajidos que tiene entre sus filas a un grupo de leprosos, quienes después de haber escapado del hospital donde se encontraban recluidos, se encargan de sembrar el terror en el pueblo donde acontece este western.
Santo vs Los Zombies (sic) no se desarrolla en Haití ni tiene que ver con el vudú. La historia tiene lugar en México, los zombis conducen automóvil y su creador los manipula ¡a control remoto! Aunque la introducción de los zombis es de antología - Michael Jackson la envidiaría-, el argumento de la película es flojo y poco a poco resulta un somnífero letal. Combinado con la desvelada ocasionada por la tos de mi hijo, caí en un profundo pero corto sueño que fue interrumpido por unas patadas voladoras provenientes de ese cuerpecito de tres años recién cumplidos.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Curame un poco
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Descanse en paz
Juan quería ser ingeniero en sistemas pero en la UNAM sólo le ofrecieron lugar en Veterinaria, consolándolo con la posibilidad de un futuro cambio de Facultad. Antes de concluir el primer semestre abandonó los estudios, había escuchado suficientes anécdotas para entender que nunca sería trasladado a la carrera deseada, y el olor a vacas le producía una alergia que lo remitía a un pasado punzante: el establo de una ranchería en Morelos y la camisa a cuadros de su padre, motivo por el cual Juan y Doña Chayo, su progenitora, emigraron a la capital.
Buscando evitar un cuadro que requiriera atención psiquiátrica y no de un psicólogo, Eva pasó de la ironía al sarcasmo para poner fin a la confusión. Se refirió al intento de Juan por emular a Elvis, como una copia mal lograda de El Loco Valdés. El la llamó Morticia, aludiendo a los ropajes oscuros y la figura anoréxica de ella. Eva consideró la capacidad ofensiva de Juan como un ejemplo de involución; le aconsejó buscar su propio yo y suprimir la venta del insípido café de olla, elaborado por Doña Chayo, en la sección cibernética de “La Popular”. Elvis contraatacó argumentando que era ella quien carecía de personalidad y por eso se interesaba en marchas, conciertos y partidos de futbol, para perderse entre las multitudes pretextando análisis freudianos. Al menos él tenía madre, concluyó.
II
Foto: Guerry/ Creative Commons.
Videogalería
México vs. EUA (Eliminatoria al Mundial 2010)
Resumen del dramático partido contra los gringos jugado el 12 de agosto en el Estadio Azteca, en el que México se jugaba la vida ...
Noruega vs. Escocia (Eliminatoria al Mundial 2010)
Ese mismo día, también Noruega se jugó su última carta para manterner sus posibilidades vivas para asistir a Sudáfrica.


