martes, 8 de junio de 2010

El infierno de Dante conduce al paraiso


Mirar hacia el sol con los ojos cerrados produce la sensación de hallarse envuelto en una nebulosa rojiza. Un limbo donde habitan fetos en gestación y la vida exterior es filtrada por el calor materno.

Tras siete meses de invierno, contemplar al termómetro rebasar los veinte grados es idílico. La radiación ultravioleta resulta indiferente a los cuerpos que por fin abandonan el solárium, ansiosos por temperaturas sofocantes al ras del césped.

Al incorporarme, la primer imagen en invadir mis ojos es la de una mujer asoleándose en ropa interior. Me ruborizo víctima de los convencionalismos: mientras los bikinis son la última instancia entre la piel y el verano, prendas como sostén y trusa traicionan la intimidad del cuerpo al exponerse en público.

Mi introducción a la lencería llegó a los nueve años: permanecía parado a un lado de la profesora mientras ella revisaba mi tarea, cuando un botón de su blusa escapó súbitamente del ojal; ella no lo notó, ante el temor de una reprimenda inmerecida o el rubor indeseado de ambos, guardé silencio y opté por un voyeurismo instantáneo que aún persiste en mi memoria.

En el primer encuentro carnal de mi existencia, conceptos como firmeza o flacidez no tuvieron cabida. Lo esencial era ese fragmento de piel blanca ceñida por una prenda igualmente importante: el brasier adornado con holanes en su borde. La escena erótica carecía de libido; el deseo sexual fue superado por el ímpetu de romper con la moral y contemplar lo prohibido.

El Jardín de las Delicias es la antesala del infierno en el famoso tríptico abierto de El Bosco. A pesar de la aparente intención moralizante de la obra, situada por especialistas entre 1480 y 1490, resulta fascinante la interpretación que el pintor realizó sobre la lujuria, mostrando a la pecaminosa humanidad sucumbir ante el deseo sexual con prácticas que aún hoy provocan a sectores conservadores. Vicios privados, virtudes públicas.

Pero yo no me hallaba en el Museo del Prado ni era parte de ese jardín bosquiano; mi locación era el parque de St. Hanshaugen y aunque en el ensimismamiento contemplaba el espectro de mi profesora, frente a mí tenía a una mujer desconocida en ropa interior. Tal vez porque mi mirada clavada en sus senos carecía de lujuria que condenar, me observó dubitativa y sonrió por desidia.

Regresé la sonrisa con un dejo de inocencia similar al que me acompañó a los nueve, conteniendo las ganas terribles de decirle que me encantaría tenerla de maestra ahí, sólo un instante, en el edén citadino de una tarde sofocante en Oslo, para hurtar fragmentos de su palidez y sus prendas íntimas.

Me recosté nuevamente y cerré los ojos para mirar al sol, pero una ilusión óptica invadió mi campo visual: la silueta blanca de la trusa y el brasier sobre el cálido fondo del verano. La retrospección a la blusa desbotonada se convirtió en un péndulo que osciló desde la ausencia del apetito sexual en mi infancia, hasta la evolución lúdica del deseo convertido en fetichismo.

Abrí los ojos en sigilo para confirmar los holanes en los bordes de su piel, pero ya se había marchado. Refugié mi fracaso como sastre del deseo en los poetas malditos, acudiendo particularmente a Rimbaud que sugiere atajos para alcanzar el infierno. No conseguí el descenso: la tarde empezó a agonizar con una puesta de sol sin prisas.

Nunca me enamoré de mi profesora. Nunca voy a olvidarla.

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miércoles, 26 de mayo de 2010

En la órbita del pensamiento


Esas nubes parecen un ramo de rosas deshojándose. Como si una novia marchita, hastiada de esperar, las hubiera aventado. Casi puedo escuchar el crujido de sus hojas secas como mi piel. Se mueven lentamente, despacio, resistiendo el viento desganado que eriza mis vellos.

Nunca me he sometido al diván donde se diseccionan personalidades; seguramente mi percepción de estas nubes arrojaría teorías suficientes para condenar mis emociones, como sucede con quienes se aventuran a descubrir formas no previstas por el test de Rorschach. ¿Por qué es tan grave descifrar navajas donde se deberían ver mariposas?

El manojo de flores se ha desvanecido casi por completo; los últimos pétalos rasgan el lienzo celeste. Es tan cómodo contemplarlo desde mi posición horizontal, que no brindaré atención al flagelo propiciado por las hormigas. Sonidos con presencia en distintos planos participan en la seducción: un barco despidiéndose en el puerto, niños jugando, y una canción triste que conocí en la infancia. Todo se oye azul.

Imaginar es un ejercicio libertario, abandonarlo al albedrío de diagnósticos dictados desde la razón ajena, viola su pureza. Un niño dejó de dibujar a los 6 años porque los adultos no entendieron sus trazos, y le recomendaron dedicarse a estudiar geografía o cualquier otra materia que le fuera útil. Sus ilustraciones de una boa digiriendo un elefante, fueron comprendidas muchos años después, cuando él había alcanzado la edad de sus verdugos creativos y se encontró solo en el desierto de Sahara, frente a un viajero espacial de cabellos rizados color trigo.

Por separado, una pareja de conocidos me confió un secreto hace tiempo. Su elección parecía obedecer más a un oculto interés por ser traicionado, que a la seguridad de salvaguardar su confianza. Él le había dedicado a ella una canción donde el coro recita: que quiero brincar planetas, hasta ver uno vacío/ que quiero irme a vivir, pero que sea contigo… Inspirado por la indiferencia de ella, él seleccionó a Caifanes pensando en El Principito. A ella, que desconocía la obra de Antoine de Saint-Exupéry y detestaba todo lo que viniera de él, le resultaba inevitable imaginarlo preso en el Planeta de los Simios.

La primera ocasión que ofrecí unas palabras con motivo de un aniversario en Noruega, dije a quien cumplía años que, mientras ella había presenciado un eclipse solar en Oslo, al otro lado del Atlántico yo había atestiguado un soberbio eclipse de luna. Ella aún conserva el papel donde escribí ésa y otras aseveraciones a falta de un regalo.

Jamás develé las confesiones que la pareja de conocidos me hizo, a pesar de las insinuaciones provenientes de uno y otro, como si supieran de antemano que yo poseía la parte omitida en los diálogos masoquistas que antecedieron su matrimonio. El silencio me hizo cómplice de ambos entonces y también ahora: su hijo ha iniciado la lectura de El Principito ayudado por él; al hacerlo en voz alta, ella volteó a verme pero no me atreví a confirmar su sospecha. Tampoco era necesario, unas cuantas páginas la habían hecho entender el absurdo objetivo de condenar la vida al sarcasmo.

Aunque lo medité, nunca tuve el atrevimiento de confesarle a mi amiga del cumpleaños que contemplar un eclipse solar o lunar, no depende de la ubicación geográfica sobre la Tierra. Ni siquiera brincando de planeta en planeta, como El Principito, sería posible contar con dos versiones sobre un mismo fenómeno sujeto a la alineación de dos astros y un planeta. El eclipse está dentro de ella y sigue siendo total.

Ya no estoy tan seguro de que las nubes de hace rato parecieran rosas secas. Realmente se veían como el carnero que El Principito quería llevar a su planeta, o como los ojos de ella cuando escuchó a su hijo leyendo y entendió lo que dejé de explicarle. Es lo malo de las nubes, sirven para confundirnos con sus formas, aunque a veces se sinceran y se ponen negras, como ahora, porque tienen ganas de llover.


Foto: Max Braun/ Creative Commons.

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lunes, 26 de abril de 2010

Impossible is nothing


Personal Jesus con Johnny Cash resulta intravenosa. Un sonido de fondo adecuado para fugarse treinta minutos. Después de escucharla diez veces continuas, habría corrido el tiempo recomendado para una jornada.

Mundos ajenos al que habito, invaden mis percepciones con el iPod en los oídos. Cruzo la calle sin prestar atención al automóvil que intenta ganarme el paso, pero le he visto de reojo y él a mi; ambos conocemos las reglas y en Noruega se siguen con fidelidad casi dogmática: mis pisadas cruzan la cebra de asfalto ante la injuriosa mirada del conductor.

Your own, personal, Jesus
someone to hear your prayers,
someone who cares


Instintivamente, tal vez obedeciendo alguna inclinación ideológica, escojo correr en dirección contraria a las manecillas del reloj. Estoy solo en el parque, los árboles grises florecen uñas verdes y el viento helado antecede la caída de tímidos copos que se desvanecen en mi rostro.

Apenas inicio el andar, surgen dos corredores en contrasentido. Él afronta los resquicios del invierno con un deportivo traje veraniego. Su técnica y complexión sugieren de esta pista una rutina. Ella tiene piernas igual de largas que sus zancadas. Es un flamenco que evade mi mirada.

No he completado la primer ronda cuando coincidimos nuevamente; la satisfacción en el rostro de él es inevitable, los metros ganados por su firme andar confirman la confección del cuerpo entrenado. La sonrisa que intercambia parece obedecer más a una muestra de superioridad, que a la cortesía. El flamenco pasa volando con la misma indiferencia de inicio, sus mejillas rosas empiezan a enrojecer.

Take second best,
put me to the test,
things on your chest,
you need to confess,
I will deliver,
you know I'm a forgiver


Para la segunda vuelta, el tiempo y el espacio con que recorremos el perímetro del parque presentan un contraste mayor: él cruza conmigo cuando a mi me restan alrededor de 30 metros para completar el circuito; ella viene sólo algunas pisadas atrás.

México no cuenta con tradición en pruebas atléticas de velocidad, pero en distancia hay algunas excepciones. Arturo Barrios ganó los 10 000 metros planos en el campeonato mundial de atletismo en Berlín, imponiendo nuevo récord. El reconocimiento económico al esfuerzo individual que lo llevó a los podios, llegó cuando adquirió la ciudadanía norteamericana.

Fiel a la zaga de historias donde la pobreza no es drama sino objeto de apología, México contó también con Doña Rosario Iglesias, Chayito, la exitosa maratonista de la tercera edad curtida por el oficio de voceadora.

Noruega tampoco es tierra de corredores; lo suyo es el invierno y los esquíes, una extensión del cuerpo. En la olimpiada de Vancouver, Petter Northug Jr. cosechó triunfos antecedidos por el fracaso. Arribó décimo primero en la prueba de 30 kilómetros, dejando al público noruego en vilo. La mirada ausente de una señora frente al televisor, tuvo un momento de lucidez cuando los esquiadores que ocuparon los sitios 18 y 19 cruzaron la meta: “estos noruegos no han entendido que hay que llegar en 1º y 2º lugar”.

Los mexicanos carecemos de autoridad en los deportes. El dominio en disciplinas como caminata y boxeo, son pretérito. El grito más común en las esquinas de los pugilistas aztecas contemporáneos es el de “aguanta”, como si el objetivo de la contienda radicara en la capacidad de soportar golpes.

El fútbol es el deporte más popular en México y el planeta. Los triunfos locales y la mercadotecnia hacen confundir las aspiraciones de los mexicanos con la realidad: después de haber estado al borde del fracaso, un último suspiro posibilitó el pase del TRI al mundial de Sudáfrica, iniciando así la creencia de contar con un equipo capaz de alzar la Copa FIFA. Sin embargo, el imaginario mexicano corona a su selección con mesura, el público no exige superioridad, alienta a los suyos con una consigna equivalente al “aguanta” recitado a los boxeadores: “Sí se puede!, Sí se puede!".

Incluso, las barras y porras en México y América Latina hacen de esta petición su grito de guerra: “aguante…!”, le gritan a sus equipos y jugadores, convencidos de que es mejor soportar que dominar. El triunfo futbolístico se convierte en la catarsis social que premia a la resistencia y cuyo inicio puede remontarse a 1492 o, tal vez, antes.

Para el encuentro inaugural contra Sudáfrica, México portará un uniforme que parece diseñado por productores de animaciones japonesas. El modelo aerodinámico fortalece el sueño de triunfo, sin embargo, el color negro sugiere cautela, como si se vislumbrara la posibilidad de un futuro aciago. Ante la ausencia del verde que simboliza esperanza, el negro encontrará refugio en el Sí se puede!

Estamos en la tercera vuelta del parque y nuestras posiciones son casi equidistantes, como al inicio. Ambos estamos sorprendidos; él puede sospechar que yo he tomado un atajo, yo supongo que ellos –ella guarda la misma distancia detrás de él- perdieron el ritmo de su paso veloz, o tal vez a mi dejó de preocuparme esta estéril competencia no declara.

La cuarta ronda es la última de ella; ni siquiera corre, camina y estira sus largas piernas mientras la piel de su cara, que pasó de rosa a roja, empieza a mostrar manchas blancas. Es un auténtico flamenco. Él ha perdido terreno, ya no me ve más de frente, nuestras miradas se cruzan de reojo, como sucedió con el automovilista que intentó ganarme el paso y terminó cediéndolo.

Feeling unknown
and you're all alone,
flesh and bone,
by the telephone,
lift up the receiver,
I'll make you a believer


Johnny Cash ha dejado de sonar, ya no escucho su música sino mi corazón exaltado. Nuevamente soy el único corredor en el parque; el atleta primaveral se aleja entre las calles aledañas y con cierto disimulo gira la cabeza para confirmar mi quinta vuelta. El dolor en las piernas es agudo pero persisto la carrera. No es masoquismo, es tan sólo que provengo de un pueblo en permanente resistencia, y aguanto.

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miércoles, 14 de abril de 2010

Dos lustros


Al aterrizar vislumbré las siluetas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, filtradas por una tímida cortina de lluvia cercana a los volcanes y lejana a la ciudad. Los vientos de días anteriores permitieron la nitidez que contemplaba; la ópera prima de Carlos Fuentes permanece intacta: en La región más transparente el personaje central es la metrópolis, crisol político y social de México.

Los aplausos de pasajeros mexicanos festejando el aterrizaje que antaño me molestaban, produjeron una cálida punzada en mi estómago esta ocasión. Tampoco me incomodaron el alto volumen del radio en los taxis y los
innecesarios claxonazos. La palmera colocada a la salida del aeropuerto internacional Benito Juárez da la bienvenida al territorio donde la cotidianidad presenta rasgos kafkianos y el mundo literario denomina realismo mágico.

La necesidad por acudir a México era urgente y el largo invierno noruego era más un pretexto que la razón del viaje. La ansiedad encontró un aliciente en la nave de Aeroméxico que cruzaría el Atlántico desde Paris, dejando atrás la incomodidad de Air France y sus asientos con espacios menores a los de un microbús. A través de los fragmentos de películas y canciones que traté de ver y escuchar durante el vuelo, llegaba repetida e inconscientemente a un mismo sitio: México.

Nunca había estado en Playa del Carmen y sé que regresaré ahí sólo para ver Tulum. Chichen Itzá era un capítulo pendiente en la lista de sitios mayas que he visitado; el acceso denegado al templo de Kukulkán fue una herida que el escenario montado para Elton John se encargó de ahondar. La cicatrización requirió el traslado de suelo maya a tierra azteca.

El viernes de crucifixión subí a la Pirámide del Sol. Mientras dos millones de feligreses se congregaban en torno al viacrucis de Iztapalapa, numerosos turistas se sometían al rigor del sol para escalar los 365 peldaños del templo en Teotihuacán. Al llegar a la cúspide, un niño sopló la figura de barro con forma de jaguar que sostenía en la manos. El sonido asemejaba más el gruñido de un perro ronco que el rugido del felino más importante en las cosmologías maya y azteca; aún así, supe que el daño propiciado en Chichen había sido cojurado.

Semana Santa es la pausa anual a las conglomeraciones de tráfico y contaminación en el Distrito Federal. Al descubrir la posibilidad de avanzar más de dos metros sin pisar el freno, los taxistas abandonan su función de comunicadores y el pasajero se queda sin el análisis puntual del acontecer político. Ni siquiera temas de trascendencia nacional, como la posibilidad de que la selección abandone el fracaso mundialista, logran distraer a los choferes dispuestos a conquistar calles y avenidas a velocidades de tres digitos, realizando pericias que aun Fernando Alonso dudaría ejecutar.

La fluidez vial en la capital y sus numerosas arterias semivacías permitieron recorridos que en circunstancias normales hubieran consumido integras mis vacaciones. La ciudad que nunca pensé dejar ha cambiado su fisonomía, viejos edificios llenos de vitalidad contrastan con nuevas y modernas edificaciones pero la esencia del DF sigue siendo la misma de siempre, la que me platicaron de niño y después conocí por cuenta propia.

En el sur di sin querer con los canales de Cuemanco; en Xochimilco abordé una trajinera destartalada que en su interior sentenciaba "propina 50 pesos"; Coyoacán se ha convertido en el primer territorio donde algunos automovilistas ceden el paso al peatón por voluntad propia, sus plazas han sido recuperadas por familias, novios, viejos y solitarios, mientras los vendedores perdieron su calidad de ambulantes y ganaron un sitio fijo en el nuevo mercado.

Un zig zag obligado por las obras viales me llevó a contemplar la negrura de los Indios Verdes; al observar la Basílica confronté la paradoja de ser ateo y guadalupano; Tlatelolco me recordó al México de los sismos telúricos y sociales; el Monumento a la Revolución era sometido al lustre que le hará brillar en el festejo centenario de una revolución que Macario Schettino niega como tal, Adolfo Gilly ha calificado de interrumpida, y un partido político se atrevió a institucionalizar.

Plaza Río de Janeiro sugirió batallas en el desierto con un ejército tripartita comandado por José Emilio Pacheco, Alberto Isaac y Café Tacuva; un adefesio con apariencia de caja de zapatos mal hecha, sustituyó al Parque del Seguro Social; los microbuses quedaron fuera de circulación en Eje Central, a los taxistas se les prohibió el ascenso y descenso de pasaje en esta vialidad, mientras los trolebuses se erigieron como el único medio de trasporte público en esta ruta llamada Corredor Cero Emisiones.

El destino final fue el corazón de México, la plaza donde el águila devora a la serpiente y los poderes federal y local se enfrascan en una lucha que frecuentemente olvida a su ciudadanía, la misma que deambula entre el barroquismo de la Catedral Metropolitana y los restos de Tenochtitlan.

Al alejarse el bólido cuyo taxímetro anteponía el velocímetro al kilometraje, observé sus colores y me asaltó una duda: el exceso de velocidad obedecía realmente al poco tránsito, como perro corriendo en parque sin correa, o eran los tonos ocre y vino quienes hacían sentir a los pilotos una suerte de Iron Man, confirmando el principio de semejanza enunciado por la psicología de la Gestalt?

Sin afición por la numerología o creencia en etapas cíclicas, descubrí que el día de mi aterrizaje en la Ciudad de México cumplí diez años de haberme mudado a Noruega. Dos lustros de emociones encontradas, una década de historia ambivalente y futuro impredecible.

El aterrizaje en Gardermoen fue aplaudido por pasajeros noruegos con sonrisas bronceadas y sombreros charros. El arribo coincidió con la llegada de la primavera a Oslo: la corriente del Golfo había calentado al Atlántico Norte.

Foto microbús: Panchito Rex.

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jueves, 25 de febrero de 2010

El corazón de Kristine registra grados bajo cero


El invierno es necio como el último borracho que se niega a dejar la fiesta. Sigue ahí, inamovible, sorprendiendo con nuevas nevadas cuando todos creían que se marchaba. Oslo no ha registrado temperaturas por encima de cero, a la sombra, desde el 12 de diciembre de 2009.

Hoy amaneció despejado y la posibilidad de poner fin a los 73 días bajo cero fue latente, pero no posible. No obstante, el sol derritió parte de la rigidez invernal: recibí un par de sonrisas por la calle y la nieve ha escurrido sobre los techos de los edificios, hasta convertirse en fascinantes figuras de hielo que sugieren estalactitas o estacas.

Lo grave de estas caprichosas formas cristalinas es que ni estamos al interior de una caverna, ni son vampiros las posibles víctimas de sus incrustaciones. Los señalamientos que indican la probabilidad de un alud o el desprendimiento de masas de hielo puntiagudas, me recuerdan la propaganda desplegada durante los periodos electorales en México: tapizan la ciudad, anuncian lo que todos saben y resultan poco útiles para los peatones que, sin alternativa, recorren las aceras reducidas a senderos debido a los amontonamientos de nieve, quedando expuestos a una especie de ruleta rusa donde el rigor del sol decide su suerte.

Entre estos avisos de lo obvio, hay uno que destaca por su ironía:"Ojo! Miré hacia arriba", como si los transeúntes de la ciudad de Oslo, símil de una pista de hielo cubierta con arena, gracias a las propiedades que la nieve adquiere por la sal regada para evitar su congelamiento, ignoraran que las secuelas del invierno no son exclusivas a nivel peatonal. Girar la cabeza en dirección a las estaláctitas de hielo puede, literalmente, costar un ojo de la cara.

El frío y las pocas horas de luz que caracterizan al invierno nórdico, provocan una temprana ansiedad por llegar a su fin. Las vicisitudes varían: abundan los resfriados, la abulia se hace constante, los resbalones y las fracturas son cotidianos -particularmente entre miembros de la tercera edad-, el caos vial encuentra un aliado en la ineficacia del transporte público, y los padres de familia sufren crisis cuando los niños, forrados con tres capas de ropa, avisan que necesitan ir urgentemente al baño justo antes de salir de casa o, peor aún, estando en la vía publica y cerca de la nada. En lo particular, una consecuencia de las bajas temperaturas capaz de incomodarme, es dormir con pijama. Tratándose de un acto esporádico, suelo despertar sobresaltado al sentir que traigo puesta una prenda, por temor a haber pernoctado en cama ajena.

Aunque las temperaturas bajo cero no han llegado a los 80 días que Julio Verne otorgó a Phileas Fogg y Passepartout para dar la vuelta al mundo, cabe recordar que el periodo de oscuridad y frío inició a mediados de octubre y se prolongará probablemente un mes más, alcanzando así una duración cercana a medio año. El invierno es una prueba contra el hastío. Paradójicamente, ahora que se aproxima la primavera, diversas imágenes invernales tejen un sentimiento de nostalgia en mi persona.

Pienso en los recorridos hechos en ferry muchas de las mañanas y tardes de los últimos meses entre Aker Brygge y la península de Nesodden. Algunas veces me tocó ver el Fiordo de Oslo convertido en un inmenso rompecabezas de hielo, compuesto por piezas con apariencia de pequeños icebergs que embonaban perfectamente ante el oleaje provocado por el transbordador. En otras ocasiones, cuando el mar se hayaba menos congelado, su superficie era una capa de latex que adquiría la flexibilidad de la corriente, sin desquebrajar el agua solidificada.

Una mañana de inversión térmica y neblina, la embarcación hubo de navegar primero lento y luego en reversa. La visibilidad era nula y el rostro en la mayoría de los pasajeros expresaba tragedia. En mi interior sonaba Get off of my cloud. A las cartas naúticas, la brújula y el radar, se sumaron las sirenas de los barcos como instrumentos de navegación. Nuestro capitán apeló a su instinto; tras unos minutos de maniobra, acallamos en el puerto. La tragedia había devenido aventura: los pasajeros tenían una anécdota que contar. Yo me quedé con ganas de saltar al mar.

Al atardecer, el cielo estaba despejado y lucía azul profundo. La diáfana visibilidad convertía al mar en el espejo donde la bóveda celeste saciaba su vanidad. El retorno a la ciudad rompió el hechizo: gentío y tráfico eran enmarcados por montañas de nieve ennegrecida con basura y smog. Desde mi asiento del autobús detenido frente al Teatro Nacional, observé a dos ancianas que cruzaron corriendo la avenida a pasos lentos, con la intención de alcanzar al camión del sentido opuesto. Concentradas en su objetivo, ignoraron la luz que les indicaba el alto a ellas y cedía el paso al tranvía.

Hay nevadas que desafían a la ley de gravedad, su viaje no es vertical sino de izquierda a derecha y viceversa. Los ojos se convierten en rendijas incapaces de filtrar la fina nieve que también terminará encontrando un ducto a la espalda, aprovechando la encorvada postura de los trashumantes. Bajo esas tormentas, únicamente un motivo extraordinario es capaz de enderezar al cuerpo, como la manta que alguien colgó entre dos árboles del barrio vecino: "Kristine, perdóname. Te amo!". Nadie resistía hurgar el mensaje ajeno; incluso una revista semanal presentó una imagen del mismo, preguntando en el pie de foto si el autor sería perdonado. Lo que intentó ser un detalle original y parecía anuncio de kermés, propició la mutación de un conflicto privado en un asunto del dominio público: si antes no la tenía, a partir de la publicación Kristine contaba con una razón de peso para negar el indulto.

A pesar de los días soleados, el Instituto Meteorológico anuncia nuevos descensos en la temperatura para este fin de semana. No sé si vuelva a nevar, tampoco sé si el corazón de Kristine registra grados bajo cero o si la manta fue plantada por la misma revista para tener algo que publicar. Ni siquiera estoy seguro de que las ancianas no hayan visto la luz roja el día que perdieron el autobús y casi la vida. La única certeza con que cuento es el invierno: no se ha ido, ni sé cuando se irá.


Foto: A. Froese

http://www.flickr.com/photos/anfroese/ / CC BY-SA 2.0


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miércoles, 13 de enero de 2010

Viernes, gélido viernes


El termómetro marcaba -17; me decepcionó, yo esperaba leer algo así como 24 grados bajo cero. Camino a casa recibí una llamada y sostuve el celular dos minutos y medio sin guante, segundos después de colgar se me entumió el dedo meñique de la mano izquierda . Y luego la palma, el brazo, el corazón, los pies y hasta los dientes.

Tenía que salir nuevamente y el viento afuera era un arma punzocortante. Sus caricias en el rostro me hacían pensar en las navajas para rasurar que, partidas simétricamente, suelen ser un recurrido intrumento para escenificar suicidios en el cine. Así lo intentó Tamek en Breve película sobre el amor, sexto filme en el Decálogo de Kieslowski. Previo a su atentado, el joven polaco había buscado enfriar, literalmente, un choque emocional colocando puñados de hielo sobre sus orejas.

Rumbo al autobús crucé una cancha de fútbol que funciona como pista de patinaje durante el invierno. Cuatro o cinco jóvenes pateaban un balón con la enjundia necesaria para ignorar la nieve, el hielo y los grados bajo cero. A escasos metros de la parada, un hombre delgado giraba sobre su propio eje con los brazos recogidos sobre el pecho. Ocasionalmente los extendía y cantaba algo parecido a un mantra. Por un momento temí que se estuviera dirigiendo al dios de la nieve, si es que existe uno en la mitología escandinava.

El balance del hombre era impresionate, la velocidad de sus giros sólo disminuía ligeramente si algún transeúnte pasaba a su lado en la angosta, angostísima acera delimitada por los montones de nieve. Eramos varios los pasajeros en espera de transporte y poco a poco, con fingida indiferencia, nos fuimos alineando como pingüinos para protegernos del frío. Alguien comentó que el hombre estaba loco, o drogado, o que simplemente bailaba para calentarse. El autobús llegó y todos lo abordamos, incluido el hombre de los giros.

En el camión las piruetas fueron sustituidas por cantos cuasi operísticos. Un pasajero se quejó y encendió su mp3 para contrarrestar al hombre de la zarzuela. El pasajero empezó a cantar en voz alta pero yo no lograba distinguir si lo hacía en inglés, noruego, una mezcla de ambos o en algún otro idioma. El chófer anunció con su micrófono que los escandalosos serían echados del vehículo si no se sosegaban. El hombre de los giros contestó Norway is a free country! , y abandonó el autobús en Bogstadveien decidido a continuar la noche. Tal vez a iniciarla.

Junto con él dejaron la nave varios argonautas dispuestos a sumergirse en los antros de Majorstuen. Imponiendo su narcisismo al clima, casi nadie llevaba gorra a pesar del frío: las cabezas lucían cuidadosamente almidonadas para la noche de viernes. Semivacío, el autobús quedó en un incómodo silencio; incluso el pasajero del mp3 dejó de aullar y yo me concentré en la gorra de lana que me producía comezón en la cabeza y ardor en la frente. Decidí conservarla, yo no acudiría a ninguna fiesta, no acostumbro peinarme, y su uso no deforma el corte que mi peluquera aplicó inspirada en Franz Ferdinand y a mi sólo me hace pensar en futbolistas sudamericanos de los 70.

Al final sólo quedamos el hombre del mp3 y yo. El había pasado las tres últimas paradas tratando de reunir, infructuosamente, la ropa que de repente había sacado de una mochila tipo militar. Sus movimientos eran más torpes que su canto y parecía querer recoger objetos donde no los había. Entendí ipso facto que mi compañero de esta breve jornada realizaba un viaje paralelo, cobijado, muy probablemente, por algún estimulante psicodélico. En el paradero lo esperaba una mujer de pantalón aleopardado. Ella también había cruzado las puertas huxleyanas de la percepción: agachada, como si fuera a orinar, se carcajeaba del bull terrier miniatura que le acompañaba mientras lo veía correr tras una gaviota.

Antes de enfilar mi camino pegado al mar, miré de reojo al trío: ella se esforzaba en encender un cigarro, el hombre del mp3 y el perro orinaban sobre la nive. Una vez en Oaxaca vi a un perro que no podía dormir la siesta porque, como si se tratara de una película animada, varias moscas empecinadas lo molestaban. Adormilado por el calor y el sueño, el perro tiraba dentelladas al aire mientras gruñía o bostezaba. En la última intentona, el perro terminó mordiendo su propia cola.

Decidí regresar caminando por temor a que nuevas experiencias me hicieran olvidar las de la odisea pasada. Al cruzar la cancha de fútbol improvisada como pista de hielo, observé a los futbolistas glaciares que aún corrían tras el esférico. Yo estaba helado, mis dientes tiritaban y los cuatrocientos metros que me separaban de casa lucían infinitos. Un despeje retorcido mandó el balón a mis pies; una hora más tarde me dirigí a la regadera empapado de sudor: la gélida noche de viernes había presenciado mi debut futbolístico sobre hielo.

Foto: Katarina K.

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domingo, 3 de enero de 2010

Efecto ratatouille


Los años de residencia en México han sido decisivos en las prácticas gastronómicas de mi mujer. El aprecio a su arte culinario adquiere un plus inevitable estando aquí en Noruega, sobre todo cuando se decide a preparar mixiote o pozole, su platillo por excelencia. Modestamente, acostumbra responder a mis halagos con un dicho popular: "el amor entra por el estómago". Aunque hay mucho de cierto en su respuesta, creo que sus virtudes no tienen como objetivo despertar sentimientos y pasiones a través de la cocina al estilo Tita en Como agua para chocolate, sino generar una sinergia como Gabriel García Márquez que escribe para que sus amigos lo quieran, según él mismo ha señalado. Mi mujer recurre al mismo principio sustituyendo a las letras por los alimentos.

La noche anterior a la de Año Nuevo mi futura esposa -contemplamos la posibilidad de casarnos después de trece años de amasiato y dos hijos-preparó por primera vez bacalao a la vizcaina; mi reacción al desgustarlo fue la misma que tuvo Anton Ego después de probar el ratatouille elaborado por la rata Rémy: el sabor me remitió al pretérito, a las enormes cazuelas preparadas por mi padre para que la familia entera disfrutara el único platillo que le vi cocinar religiosamente año tras año, la víspera de navidad.

El sabor era tan delicioso como el recuerdo: quería quedarme ahí, al lado de mis padres y mis hermanos disfrutando el bacalao noruego para luego recibir algún regalo -nada que ver con los excesos consumistas de hoy en día-, y finalmente romper la piñata después de haber cantado la posada. Cuando regresé al presente sentí las mismas ganas de ser bueno que cuando tenía ocho años y papá nos sugería pedir por la paz en el planeta durante la noche buena.

Entre las frases navideñas perpetuadas como clichés, recuerdo la de "que todos los días sean navidad". El deseo no era, obviamente, una navidad infinita por los festejos sino por el deseo de paz que solía reinar en casi todo el mundo. Las guerras entraban en tregua y la violencia en general disminuía. La guerra era, y creo que sigue siendo, lo último que la humanidad desea experimentar; sin embargo, nuestra civilización, en un acto totalmente contradictorio, ha presenciado la entrega del Premio Nobel de la Paz a un galardonado que lo recibió justificando la guerra.

Barack Obama se dijo sorprendido cuando se supo gandor y fue honesto: no lo merecía. Si el Comité del Premio Nobel cambió los principios que rigen dicho galardón y en lugar de reconocer la labor se inclinó por las intenciones -promesas electorales-, se equivocaron y traicionaron su función. Si su objetivo fue presionar la política estadounidense a futuro, Obama les contestó muy claro con el envío de 30 000 soldados más a Afganistán apenas unos días antes de acudir a Oslo.

Con el mismo carisma que un artista pop seduce a su público, Obama persuadió con su retórica sobre la necesidad de la guerra y hasta las lágrimas de la princesa Mette-Marit suscitó. Algunos medios adujeron dicho gesto al imponente y emocional discurso del presidente estadunidense, yo me pregunto si la princesa llor
ó a sabiendas de que las mismas justificaciones sobre el recurso de guerra son usadas precisamente por los enemigos de los Estados Unidos de América. "Ojo por ojo y el mundo acabará ciego" afirmó Mahatma Gandhi, pero él nunca ganó el Nobel a pesar de rechazar la lucha armada para lograr la independencia india del dominio británico.

De niño solía ver la serie televisiva Dimensión desconocida; recuerdo, o creo recordar, un capítulo sobre una nave que llegaba de otro planeta y se estacionaba afuera del edificio de la ONU. Los extraterrestres no venían con intenciones de conquista sino con la consigna de instaurar la paz en la Tierra; para ello, los terrícolas tendrían tres días y, en caso de no conseguir la paz, el planeta sería eliminado. Cuando los extraterrestres regresaron se encontraron con los líderes de las potencias a las afueras de las Naciones Unidas, quienes orgullosamente les presumieron haber conseguido la paz e inmediatamente les entregaron tres enormes tomos con los acuerdos para la misma. Los extraterrestres se miraron entre sí y sólo atinaron decir: "pobres terrícolas, no entienden nada".

Me serviré el segundo plato de bacalao con la intención de traer mejores recuerdos, como cuando mi inocencia, o mejor dicho ingenuidad, me permitía contemplar el cinturón de Orión pensando que sus estrellas eran los Tres Reyes Magos en espera de que quedara dormido para bajar con mis regalos. Su benevolencía para conmigo era realmente la de mi padre, el mismo que preparaba la cena de noche buena y me hacía creer que la paz era posible.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Consummatum est


Noviembre es el mes fúnebre de México y el color de la muerte no es el negro, sino el anaranjado del cempasúchil. La fiesta en los cementerios llega hasta el Mictlán y Comala, sin detenerse en el purgatorio.

La Catrina seduce almas en pena y las consuela con pan de muerto. Los difuntos rondan los altares por curiosidad de ofrendas; los vivos no los ven pero los sienten, y les hablan con la misma naturalidad con que las señoras se dirigen a las flores cuando las riegan, para tenerlas contentas.

Las hojas de flor de muerto señalan el camino a seguir por las almas. El tono ocre de ese sendero me remite al noviembre noruego con su horizonte amarillo de hojarasca: el otoño es la zona hepática del año.

Las hojas abandonan las ramas y tapizan los caminos: los árboles son esqueletos con uñas largas. El sonido de las hojas al desprenderse es un susurro al olvido, triturarlas cuando paso sobre ellas yergue mi espina dorsal: son un dedo fino y helado que recorre mis vértebras.

Al sol le cuesta trabajo levantarse y deja de salir. Vienen las lluvias, los días grises, el lodo escurriendo sobre las calles como rímel en ojos llorosos. La vida entra en un ritmo semilento donde todos tienen prisa de llegar a sus hogares construidos con material aislante. Impiden el paso del frío, del sonido y del mundo allá afuera.

En la oscuridad, Oslo me sugiere Comala: los transeúntes se deslizan como fantasmas urgidos de llegar a la guarida donde las almas penan. Los hay como Pedro Páramo y el padre Rentería, como Juan Preciado y su madre Dolores: si la muerte nos es común a todos, la vida nos asemeja aún más.

No me convertiré en polvo; antes, me comerán los gusanos.

Foto: Tomás Castelazo, Wikimedia Commons.

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