miércoles, 4 de agosto de 2010

Nocturnal


Intento dormir en vano. Al cerrar los ojos aparecen las líneas infinitas de una carretera oscura, al abrirlos, sufro ansiedad por Lost Highway y odio Thelma and Louise. El road movie de mi insomnio incluye escenas censuradas que distorsionan la realidad hasta volverla pesadilla. Su contenido es un vacio total que llena todo. Ahora no estoy tan seguro de estar despierto, pero el miedo que siento no es posible en la ficción. Tampoco sé si he pasado así tres horas, dos vidas o varios mundos.

La arteria de mi brazo luce segmentada como las líneas de la autopista que lleva a ninguna parte. Afuera, la noche sigue indecisa entre el azul profundo y cerrar los ojos. La lluvia también anda tímida y camina de puntas, como si ignorara que estoy despierto y con ganas de salir a su encuentro. Una avispa zumba mis oídos, su vuelo traza órbitas en constante colisión con mi piel. Su aguijón encuentra refugio en la M de mi mano.

El césped congelado de la montaña rasguña mis pies descalzos, sus piedras producen cortes por donde la sangre se asoma sin salir. Hace frío pero no lo siento; la noche empieza a cesar y las líneas intermitentes de la carretera se están diluyendo con la lluvia, como si hubieran sido trazadas con una tiza. Ya no las veo más ni en las nubes ni en la tierra; el road trip terminó sin atajos.

Los días perfectos funcionan bien en las canciones, en la vida real prefiero las noches aunque sean falibles. Como ésta, donde el recorrido por los caminos del caos no inició con el aleteo de una mariposa, sino con su encuentro en el momento final. Es blanca, casi azul y se ha posado sobre mi mano. Me parece verla sonreír, lo siento en los huesos.

El movimiento de sus alas me sublima y vuelvo a creer en las sirenas, en su canto, lo escucho de cerca, en el viento, dentro de mí, entre el cabello, detrás de los ojos. La picadura de aguijón y las cortadas en los pies me están ardiendo. Es hora de lamer mis heridas.

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lunes, 26 de julio de 2010

Mannen fra Havet


Lluvia y viento mantenían una constancia similar a la ejercida por el tamborilero en El Bolero de Ravel. Era hora de partir y quería observar por última ocasión a la montaña con que desperté toda una semana, pero las nubes se habían fundido con la neblina para ocultarla. Al límite de sus faldas se formó un hueco sutil donde el azul del cielo contrastó con el mar oscurecido por los nubarrones. Sobre el horizonte distinguí un arcoíris casi transparente que selló mi visita a Vesterålen, un archipiélago situado al norte de Noruega.

Días antes atravesé un cementerio en Oslo mientras los jardineros regaban sus flores. Las regaderas sirvieron de prisma a los rayos del sol y sobre las tumbas se formaron innumerables arcoíris. Al final de sus colores no había tesoros, sino osamentas olvidadas hacía muchos años. Nunca hay visitas para esas lápidas fechadas dos siglos atrás; tampoco para aquellas levantadas en años más recientes. De haber seguido el final del arcoíris en Vesterålen, probablemente hubiera encontrado una ballena.

Las vacaciones de verano en el norte noruego iniciaron con un aterrizaje accidentado por la turbulencia. Mientras los pasajeros adultos palidecían, los menores gozaban la ruptura con la monotonía del vuelo: la ubicación geográfica de cielo e infierno no es cuestión de altura, sino de edad.

Siete grados de temperatura arrastrados por la corriente de aire dan la sensación de un verano precipitado en invierno. Las múltiples capas de nubes me recordaron los nueve niveles del inframundo maya, con la diferencia de que el norte noruego se opone a las tinieblas en julio porque el sol se niega a morir.


Tenía la necesidad de disfrutar nuevamente el paisaje de arcoíris y acudí al cementerio una tarde sin suerte. Sobrellevé la desilusión con la lectura de algunas lápidas: zapatero, enfermera, abogado, ama de casa, doctor; el gusto por los títulos al ras del suelo fue perdiendo vigencia con el tiempo, sobre las tumbas más recientes sólo se inscriben el nombre y los años de aparición y despedida.

Me pregunté qué título escogería para mis restos si así me apeteciera hacerlo, pero antes de llegar a una conclusión coincidí con mi vecina de al lado en la tumba de una niña que había vivido de 1899 a 1906. El encuentro nos tomó por sorpresa a ambos; ella fumaba un cigarro mientras reacomodaba las flores que el jardinero había colocado previamente. No le pregunté su relación con la difunta ni ella me comentó al respecto. Sin tener la intención, esa tarde platicamos más tiempo que todas las anteriores ocasiones que nos habíamos encontrado. Los temas fueron varios, no recuerdo ninguno.

La primer noche en Vesterålen el cansancio fue vencido por el insomnio: el viento terminó por dispersar a las nubes y la luz exterior me impidió el sueño. Desde mi ventana contemplé detenidamente la montaña de enfrente, sólo nos separaban unos metros de mar. Me fascinó el corte abrupto de su superficie, parecía como si en otro tiempo un viento violento le hubiera arrancado la punta. Realmente, todas las montañas son así en Vesterålen, su dramática fisonomía me hace pensar que Pangea no sólo quedó dividida en los continentes como los conocemos, sino también sufrió un corte horizontal parecido al de una nuez hecha pedazos.

Las nubes volvieron al día siguiente y también se marcharon a ratos. El viento mantuvo su ritmo invariable como el tamborilero de Ravel. Su monótona presencia se tornó molesta e infinita; me explicaron la importancia de ubicar su origen y dirección para saber si la corriente venía de Groelandia o de Siberia, del mar o de la montaña. ¿Había realmente alguna diferencia en ello?

El día anterior de mi salida al norte me encontré nuevamente con la vecina, llevaba una bolsa con latas de cerveza vacías que perdió cuando intentaba cerrar su puerta. La recogí y al entregársela descubrí cicatrices de quemaduras hechas con cigarro en su brazo izquierdo, nuestras miradas se encontraron y le dije que me gustaban los colores, refiriéndome al tatuaje que portaba del lado derecho. Era el nombre de la niña muerta en 1906, escrito con tipografía psicodélica.

Vinieron días despejados en Vesterålen y descubrí que el Atlántico se parece al Caribe en su zona septentrional. El Mar Noruego se extendía azul y verde sobre manchones de arena blanca. Quince grados y unos cuantos minutos bastaron para que un enjambre de moscos con alma kamikaze descargara su rencor sobre mi piel. Me tiré sin contemplaciones al mar y salí con el cuerpo entumido, las orejas me dolían como el recuerdo de las quemaduras de cigarro en mi vecina.

A mi regreso acudí a su puerta lleno de dudas, quería saludarla con cualquier pretexto. Tal vez tendría la indiscreción de preguntar por el nombre de la tumba tatuado en su brazo y no más, pero no sucedió el encuentro: se había mudado durante la semana. Pensé en buscar su número pero ignoraba su nombre, en el buzón de correo había uno que no correspondía con el de su puerta y ninguno de los dos sonaba como el que pronunció la ocasión que nos conocimos.

La tarde que me atacaron los moscos junto al mar, el viento se detuvo ante la infinita puesta de sol. El mundo visto con filtro 85. Contemplé el fenómeno a los pies de un molino de viento y me sentí quijotesco: un ser anti romántico la noche perfecta para el amor. Una silueta como la escultura del hombre que parece llevar el corazón entre las manos con la intención de entregárselo a quien sea, incluido el viento.

Oslo me esperaba con la primer noche oscura del verano; su clima frío me pareció templado y la luna piadosa apareció casi completa. Inicié un recorrido por inercia que terminó en el puerto, el olor a mar me produjo nostalgia por Vesterålen. Compré flores y me dirigí al panteón para dejárselas a mi vecina en la tumba de la niña. Antes de llegar crucé la mirada con una mujer que esperaba el autobús, le entregué el ramo y me despedí de ella antes de saludarla.


Foto: Håkon Iversen (Creative Commons).

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martes, 6 de julio de 2010

Al grito de guerra



Neruda tiene razón: es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. El mundial de futbol propicia romances de apoyo incondicional entre la afición y su representativo nacional en su arranque; un sentimiento que suele bifurcarse conforme transcurren los partidos, hasta provocar trastornos que obligan a replantear la fidelidad de inicio.

En Portugal, los seguidores de la escuadra lusa derribaron la estatua de Ronaldo edificada por Nike, y en Inglaterra los hinchas claman por un Rooney viviendo el resto de sus días en un trailer park. La marca de la palomita terminó en tache para todos sus protagonistas.

Pocas escuadras han librado el linchamiento mediático y la condena de sus públicos: Ganha merecía un mejor final pero la victimó una trampa válida en el futbol; Paraguay porque la sinceridad de Oscar Cardozo ante el penalti fallado contagió su pena a cualquier público, y Argentina porque Argentina no puede contradecir a quien ha endiosado al grado de edificarle un templo.

Dejando de lado los dramas ajenos, los mexicanos nos apresuramos a santificar a Cuauhtémoc Blanco y a El Chicharito Hernández. Y me parece que fue correcto. Un rasgo cultural entre nosotros es el desmadre y el futbol siempre ha sido un escenario perfecto para ejercerlo. En México 86, cuando el tricolor enfrentó a Bélgica, una enorme manta sentenciaba: Somos mexicanos pero nos sentimos belgas. El triunfo de México ante Bulgaria un domingo de junio, propició el grito popular: ¡el día del padre, les dimos en la madre! El desmadre colectivo despierta espíritus vándalos: en Francia 98 un connacional apagó a miados la llama eterna del Arco del Triunfo dedicada al Soldado Desconocido, mientras en Sudáfrica otro mexicano tuvo la ocurrencia de ponerle sombrero la estatua de Nelson Mandela. ¿Por qué no habríamos de canonizar a los ídolos?

La santificación de quienes fraguaron los goles que derrotaron a Francia tiene justificación: nunca antes, al menos en la era mediática, la selección azteca se había levantado con un triunfo de tal envergadura. Esa noche el Tri superó los 15 minutos de fama sugeridos por Andy Warhol, para hacer suya una frase contundente de David Bowie: We can be heroes, just for one day. No es necesario entrar en disertaciones de lo banal o sustancial que puede ser el futbol, ese día simple y sencillamente ganamos y por lo menos 100 millones de mexicanos conocimos el sabor de la victoria.

Al día siguiente, los diarios del mundo entero dedicaron sus encabezados a la derrota francesa y no al triunfo mexicano. Se ocuparon de los problemas extra cancha de les bleus dejando de lado que México también enfrentó vicisitudes rumbo a Sudáfrica, como la desunión entre los jugadores activos en Europa, los naturalizados, la nueva camada y los veteranos, conflicto que requirió de cuatro técnicos para ser resuelto.

En Noruega les llamaba más la atención la presencia de Cuau por gordo y lento, que la aparición de ni tan nuevas promesas como Chicharito y Barrera. Sólo los mexicanos sabemos la función de amuleto que Cuauhtémoc ejerce sobre sus compañeros, además de encarnar a un estereotipo infalible de la cultura popular mexicana donde machismo, bravuconería y sagacidad se complementan.

Personalmente, Cuauhtémoc y Oscar El Conejo Pérez me remiten a algunos partidos domingueros de la infancia, donde los papás con físico de embutido disputaban balones en canchas de tierra y cal. Verlos juntos la noche del triunfo fue un elemento extra en un partido que se convirtió para los mexicanos en una suerte de aleph borgiano: el punto donde coinciden todos los puntos. Mexicanos repartidos en distintas latitudes del planeta disfrutamos juntos el cenit romántico con la selección. Una pantalla en cualquier lugar del mundo nos unía.

Jugamos contra Argentina y apareció Pablo Neruda: menospreciamos lo logrado, maldecimos yerros propios y ajenos, y el amorío se torno en una decepción con heridas que tardarán cuatro años en cerrar. El paralelismo de lo ocurrido en Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 sugiere ser parte de una saga similar al drama de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, en espera de un desenlace favorable para México en su tercera emisión. Ojalá que en Brasil aparezca Pepe El Toro del futbol.

En lo que esperamos el siguiente mundial, sugiero dejar en desuso el aforismo "jugamos como nunca y perdimos como siempre". La frase es una falacia injusta con los progresos del futbol mexicano. Aunque el quinto encuentro no se ha logrado, las actuaciones de México en los últimos mundiales ha tenido la misma regularidad que los tropiezos sufridos en el área de CONCACAF. No somos potencia pero aún así gustamos, y si nosotros dejamos al olvido lo conseguido, nadie más lo tomará en cuenta.

Más allá de lo que ocurre en las canchas mundialistas, agradezco la posibilidad de reencontrar viejos conocidos y coincidir con mexicanos recién llegados a Noruega que, reunidos con la intención de seguir al Tri en una pantalla, también buscan a otros connacionales para gritar juntos, cantar y no llorar, comer golosinas enchiladas de importación, lucir atuendos folclóricos, máscaras de luchadores y echar desmadre como sólo los mexicanos sabemos hacerlo.

El día de la victoria ante Francia hubo un detalle que la tensión previa al juego no me permitió observar, pero mi suegra comentó al día siguiente haciendo que la epidermis se me erizara: “qué bonito cantan el himno los mexicanos”. Y retiemble en sus centros la tierra.

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martes, 8 de junio de 2010

El infierno de Dante conduce al paraiso


Mirar hacia el sol con los ojos cerrados produce la sensación de hallarse envuelto en una nebulosa rojiza. Un limbo donde habitan fetos en gestación y la vida exterior es filtrada por el calor materno.

Tras siete meses de invierno, contemplar al termómetro rebasar los veinte grados es idílico. La radiación ultravioleta resulta indiferente a los cuerpos que por fin abandonan el solárium, ansiosos por temperaturas sofocantes al ras del césped.

Al incorporarme, la primer imagen en invadir mis ojos es la de una mujer asoleándose en ropa interior. Me ruborizo víctima de los convencionalismos: mientras los bikinis son la última instancia entre la piel y el verano, prendas como sostén y trusa traicionan la intimidad del cuerpo al exponerse en público.

Mi introducción a la lencería llegó a los nueve años: permanecía parado a un lado de la profesora mientras ella revisaba mi tarea, cuando un botón de su blusa escapó súbitamente del ojal; ella no lo notó, ante el temor de una reprimenda inmerecida o el rubor indeseado de ambos, guardé silencio y opté por un voyeurismo instantáneo que aún persiste en mi memoria.

En el primer encuentro carnal de mi existencia, conceptos como firmeza o flacidez no tuvieron cabida. Lo esencial era ese fragmento de piel blanca ceñida por una prenda igualmente importante: el brasier adornado con holanes en su borde. La escena erótica carecía de libido; el deseo sexual fue superado por el ímpetu de romper con la moral y contemplar lo prohibido.

El Jardín de las Delicias es la antesala del infierno en el famoso tríptico abierto de El Bosco. A pesar de la aparente intención moralizante de la obra, situada por especialistas entre 1480 y 1490, resulta fascinante la interpretación que el pintor realizó sobre la lujuria, mostrando a la pecaminosa humanidad sucumbir ante el deseo sexual con prácticas que aún hoy provocan a sectores conservadores. Vicios privados, virtudes públicas.

Pero yo no me hallaba en el Museo del Prado ni era parte de ese jardín bosquiano; mi locación era el parque de St. Hanshaugen y aunque en el ensimismamiento contemplaba el espectro de mi profesora, frente a mí tenía a una mujer desconocida en ropa interior. Tal vez porque mi mirada clavada en sus senos carecía de lujuria que condenar, me observó dubitativa y sonrió por desidia.

Regresé la sonrisa con un dejo de inocencia similar al que me acompañó a los nueve, conteniendo las ganas terribles de decirle que me encantaría tenerla de maestra ahí, sólo un instante, en el edén citadino de una tarde sofocante en Oslo, para hurtar fragmentos de su palidez y sus prendas íntimas.

Me recosté nuevamente y cerré los ojos para mirar al sol, pero una ilusión óptica invadió mi campo visual: la silueta blanca de la trusa y el brasier sobre el cálido fondo del verano. La retrospección a la blusa desbotonada se convirtió en un péndulo que osciló desde la ausencia del apetito sexual en mi infancia, hasta la evolución lúdica del deseo convertido en fetichismo.

Abrí los ojos en sigilo para confirmar los holanes en los bordes de su piel, pero ya se había marchado. Refugié mi fracaso como sastre del deseo en los poetas malditos, acudiendo particularmente a Rimbaud que sugiere atajos para alcanzar el infierno. No conseguí el descenso: la tarde empezó a agonizar con una puesta de sol sin prisas.

Nunca me enamoré de mi profesora. Nunca voy a olvidarla.

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miércoles, 26 de mayo de 2010

En la órbita del pensamiento


Esas nubes parecen un ramo de rosas deshojándose. Como si una novia marchita, hastiada de esperar, las hubiera aventado. Casi puedo escuchar el crujido de sus hojas secas como mi piel. Se mueven lentamente, despacio, resistiendo el viento desganado que eriza mis vellos.

Nunca me he sometido al diván donde se diseccionan personalidades; seguramente mi percepción de estas nubes arrojaría teorías suficientes para condenar mis emociones, como sucede con quienes se aventuran a descubrir formas no previstas por el test de Rorschach. ¿Por qué es tan grave descifrar navajas donde se deberían ver mariposas?

El manojo de flores se ha desvanecido casi por completo; los últimos pétalos rasgan el lienzo celeste. Es tan cómodo contemplarlo desde mi posición horizontal, que no brindaré atención al flagelo propiciado por las hormigas. Sonidos con presencia en distintos planos participan en la seducción: un barco despidiéndose en el puerto, niños jugando, y una canción triste que conocí en la infancia. Todo se oye azul.

Imaginar es un ejercicio libertario, abandonarlo al albedrío de diagnósticos dictados desde la razón ajena, viola su pureza. Un niño dejó de dibujar a los 6 años porque los adultos no entendieron sus trazos, y le recomendaron dedicarse a estudiar geografía o cualquier otra materia que le fuera útil. Sus ilustraciones de una boa digiriendo un elefante, fueron comprendidas muchos años después, cuando él había alcanzado la edad de sus verdugos creativos y se encontró solo en el desierto de Sahara, frente a un viajero espacial de cabellos rizados color trigo.

Por separado, una pareja de conocidos me confió un secreto hace tiempo. Su elección parecía obedecer más a un oculto interés por ser traicionado, que a la seguridad de salvaguardar su confianza. Él le había dedicado a ella una canción donde el coro recita: que quiero brincar planetas, hasta ver uno vacío/ que quiero irme a vivir, pero que sea contigo… Inspirado por la indiferencia de ella, él seleccionó a Caifanes pensando en El Principito. A ella, que desconocía la obra de Antoine de Saint-Exupéry y detestaba todo lo que viniera de él, le resultaba inevitable imaginarlo preso en el Planeta de los Simios.

La primera ocasión que ofrecí unas palabras con motivo de un aniversario en Noruega, dije a quien cumplía años que, mientras ella había presenciado un eclipse solar en Oslo, al otro lado del Atlántico yo había atestiguado un soberbio eclipse de luna. Ella aún conserva el papel donde escribí ésa y otras aseveraciones a falta de un regalo.

Jamás develé las confesiones que la pareja de conocidos me hizo, a pesar de las insinuaciones provenientes de uno y otro, como si supieran de antemano que yo poseía la parte omitida en los diálogos masoquistas que antecedieron su matrimonio. El silencio me hizo cómplice de ambos entonces y también ahora: su hijo ha iniciado la lectura de El Principito ayudado por él; al hacerlo en voz alta, ella volteó a verme pero no me atreví a confirmar su sospecha. Tampoco era necesario, unas cuantas páginas la habían hecho entender el absurdo objetivo de condenar la vida al sarcasmo.

Aunque lo medité, nunca tuve el atrevimiento de confesarle a mi amiga del cumpleaños que contemplar un eclipse solar o lunar, no depende de la ubicación geográfica sobre la Tierra. Ni siquiera brincando de planeta en planeta, como El Principito, sería posible contar con dos versiones sobre un mismo fenómeno sujeto a la alineación de dos astros y un planeta. El eclipse está dentro de ella y sigue siendo total.

Ya no estoy tan seguro de que las nubes de hace rato parecieran rosas secas. Realmente se veían como el carnero que El Principito quería llevar a su planeta, o como los ojos de ella cuando escuchó a su hijo leyendo y entendió lo que dejé de explicarle. Es lo malo de las nubes, sirven para confundirnos con sus formas, aunque a veces se sinceran y se ponen negras, como ahora, porque tienen ganas de llover.


Foto: Max Braun/ Creative Commons.

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lunes, 26 de abril de 2010

Impossible is nothing


Personal Jesus con Johnny Cash resulta intravenosa. Un sonido de fondo adecuado para fugarse treinta minutos. Después de escucharla diez veces continuas, habría corrido el tiempo recomendado para una jornada.

Mundos ajenos al que habito, invaden mis percepciones con el iPod en los oídos. Cruzo la calle sin prestar atención al automóvil que intenta ganarme el paso, pero le he visto de reojo y él a mi; ambos conocemos las reglas y en Noruega se siguen con fidelidad casi dogmática: mis pisadas cruzan la cebra de asfalto ante la injuriosa mirada del conductor.

Your own, personal, Jesus
someone to hear your prayers,
someone who cares


Instintivamente, tal vez obedeciendo alguna inclinación ideológica, escojo correr en dirección contraria a las manecillas del reloj. Estoy solo en el parque, los árboles grises florecen uñas verdes y el viento helado antecede la caída de tímidos copos que se desvanecen en mi rostro.

Apenas inicio el andar, surgen dos corredores en contrasentido. Él afronta los resquicios del invierno con un deportivo traje veraniego. Su técnica y complexión sugieren de esta pista una rutina. Ella tiene piernas igual de largas que sus zancadas. Es un flamenco que evade mi mirada.

No he completado la primer ronda cuando coincidimos nuevamente; la satisfacción en el rostro de él es inevitable, los metros ganados por su firme andar confirman la confección del cuerpo entrenado. La sonrisa que intercambia parece obedecer más a una muestra de superioridad, que a la cortesía. El flamenco pasa volando con la misma indiferencia de inicio, sus mejillas rosas empiezan a enrojecer.

Take second best,
put me to the test,
things on your chest,
you need to confess,
I will deliver,
you know I'm a forgiver


Para la segunda vuelta, el tiempo y el espacio con que recorremos el perímetro del parque presentan un contraste mayor: él cruza conmigo cuando a mi me restan alrededor de 30 metros para completar el circuito; ella viene sólo algunas pisadas atrás.

México no cuenta con tradición en pruebas atléticas de velocidad, pero en distancia hay algunas excepciones. Arturo Barrios ganó los 10 000 metros planos en el campeonato mundial de atletismo en Berlín, imponiendo nuevo récord. El reconocimiento económico al esfuerzo individual que lo llevó a los podios, llegó cuando adquirió la ciudadanía norteamericana.

Fiel a la zaga de historias donde la pobreza no es drama sino objeto de apología, México contó también con Doña Rosario Iglesias, Chayito, la exitosa maratonista de la tercera edad curtida por el oficio de voceadora.

Noruega tampoco es tierra de corredores; lo suyo es el invierno y los esquíes, una extensión del cuerpo. En la olimpiada de Vancouver, Petter Northug Jr. cosechó triunfos antecedidos por el fracaso. Arribó décimo primero en la prueba de 30 kilómetros, dejando al público noruego en vilo. La mirada ausente de una señora frente al televisor, tuvo un momento de lucidez cuando los esquiadores que ocuparon los sitios 18 y 19 cruzaron la meta: “estos noruegos no han entendido que hay que llegar en 1º y 2º lugar”.

Los mexicanos carecemos de autoridad en los deportes. El dominio en disciplinas como caminata y boxeo, son pretérito. El grito más común en las esquinas de los pugilistas aztecas contemporáneos es el de “aguanta”, como si el objetivo de la contienda radicara en la capacidad de soportar golpes.

El fútbol es el deporte más popular en México y el planeta. Los triunfos locales y la mercadotecnia hacen confundir las aspiraciones de los mexicanos con la realidad: después de haber estado al borde del fracaso, un último suspiro posibilitó el pase del TRI al mundial de Sudáfrica, iniciando así la creencia de contar con un equipo capaz de alzar la Copa FIFA. Sin embargo, el imaginario mexicano corona a su selección con mesura, el público no exige superioridad, alienta a los suyos con una consigna equivalente al “aguanta” recitado a los boxeadores: “Sí se puede!, Sí se puede!".

Incluso, las barras y porras en México y América Latina hacen de esta petición su grito de guerra: “aguante…!”, le gritan a sus equipos y jugadores, convencidos de que es mejor soportar que dominar. El triunfo futbolístico se convierte en la catarsis social que premia a la resistencia y cuyo inicio puede remontarse a 1492 o, tal vez, antes.

Para el encuentro inaugural contra Sudáfrica, México portará un uniforme que parece diseñado por productores de animaciones japonesas. El modelo aerodinámico fortalece el sueño de triunfo, sin embargo, el color negro sugiere cautela, como si se vislumbrara la posibilidad de un futuro aciago. Ante la ausencia del verde que simboliza esperanza, el negro encontrará refugio en el Sí se puede!

Estamos en la tercera vuelta del parque y nuestras posiciones son casi equidistantes, como al inicio. Ambos estamos sorprendidos; él puede sospechar que yo he tomado un atajo, yo supongo que ellos –ella guarda la misma distancia detrás de él- perdieron el ritmo de su paso veloz, o tal vez a mi dejó de preocuparme esta estéril competencia no declara.

La cuarta ronda es la última de ella; ni siquiera corre, camina y estira sus largas piernas mientras la piel de su cara, que pasó de rosa a roja, empieza a mostrar manchas blancas. Es un auténtico flamenco. Él ha perdido terreno, ya no me ve más de frente, nuestras miradas se cruzan de reojo, como sucedió con el automovilista que intentó ganarme el paso y terminó cediéndolo.

Feeling unknown
and you're all alone,
flesh and bone,
by the telephone,
lift up the receiver,
I'll make you a believer


Johnny Cash ha dejado de sonar, ya no escucho su música sino mi corazón exaltado. Nuevamente soy el único corredor en el parque; el atleta primaveral se aleja entre las calles aledañas y con cierto disimulo gira la cabeza para confirmar mi quinta vuelta. El dolor en las piernas es agudo pero persisto la carrera. No es masoquismo, es tan sólo que provengo de un pueblo en permanente resistencia, y aguanto.

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miércoles, 14 de abril de 2010

Dos lustros


Al aterrizar vislumbré las siluetas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, filtradas por una tímida cortina de lluvia cercana a los volcanes y lejana a la ciudad. Los vientos de días anteriores permitieron la nitidez que contemplaba; la ópera prima de Carlos Fuentes permanece intacta: en La región más transparente el personaje central es la metrópolis, crisol político y social de México.

Los aplausos de pasajeros mexicanos festejando el aterrizaje que antaño me molestaban, produjeron una cálida punzada en mi estómago esta ocasión. Tampoco me incomodaron el alto volumen del radio en los taxis y los
innecesarios claxonazos. La palmera colocada a la salida del aeropuerto internacional Benito Juárez da la bienvenida al territorio donde la cotidianidad presenta rasgos kafkianos y el mundo literario denomina realismo mágico.

La necesidad por acudir a México era urgente y el largo invierno noruego era más un pretexto que la razón del viaje. La ansiedad encontró un aliciente en la nave de Aeroméxico que cruzaría el Atlántico desde Paris, dejando atrás la incomodidad de Air France y sus asientos con espacios menores a los de un microbús. A través de los fragmentos de películas y canciones que traté de ver y escuchar durante el vuelo, llegaba repetida e inconscientemente a un mismo sitio: México.

Nunca había estado en Playa del Carmen y sé que regresaré ahí sólo para ver Tulum. Chichen Itzá era un capítulo pendiente en la lista de sitios mayas que he visitado; el acceso denegado al templo de Kukulkán fue una herida que el escenario montado para Elton John se encargó de ahondar. La cicatrización requirió el traslado de suelo maya a tierra azteca.

El viernes de crucifixión subí a la Pirámide del Sol. Mientras dos millones de feligreses se congregaban en torno al viacrucis de Iztapalapa, numerosos turistas se sometían al rigor del sol para escalar los 365 peldaños del templo en Teotihuacán. Al llegar a la cúspide, un niño sopló la figura de barro con forma de jaguar que sostenía en la manos. El sonido asemejaba más el gruñido de un perro ronco que el rugido del felino más importante en las cosmologías maya y azteca; aún así, supe que el daño propiciado en Chichen había sido cojurado.

Semana Santa es la pausa anual a las conglomeraciones de tráfico y contaminación en el Distrito Federal. Al descubrir la posibilidad de avanzar más de dos metros sin pisar el freno, los taxistas abandonan su función de comunicadores y el pasajero se queda sin el análisis puntual del acontecer político. Ni siquiera temas de trascendencia nacional, como la posibilidad de que la selección abandone el fracaso mundialista, logran distraer a los choferes dispuestos a conquistar calles y avenidas a velocidades de tres digitos, realizando pericias que aun Fernando Alonso dudaría ejecutar.

La fluidez vial en la capital y sus numerosas arterias semivacías permitieron recorridos que en circunstancias normales hubieran consumido integras mis vacaciones. La ciudad que nunca pensé dejar ha cambiado su fisonomía, viejos edificios llenos de vitalidad contrastan con nuevas y modernas edificaciones pero la esencia del DF sigue siendo la misma de siempre, la que me platicaron de niño y después conocí por cuenta propia.

En el sur di sin querer con los canales de Cuemanco; en Xochimilco abordé una trajinera destartalada que en su interior sentenciaba "propina 50 pesos"; Coyoacán se ha convertido en el primer territorio donde algunos automovilistas ceden el paso al peatón por voluntad propia, sus plazas han sido recuperadas por familias, novios, viejos y solitarios, mientras los vendedores perdieron su calidad de ambulantes y ganaron un sitio fijo en el nuevo mercado.

Un zig zag obligado por las obras viales me llevó a contemplar la negrura de los Indios Verdes; al observar la Basílica confronté la paradoja de ser ateo y guadalupano; Tlatelolco me recordó al México de los sismos telúricos y sociales; el Monumento a la Revolución era sometido al lustre que le hará brillar en el festejo centenario de una revolución que Macario Schettino niega como tal, Adolfo Gilly ha calificado de interrumpida, y un partido político se atrevió a institucionalizar.

Plaza Río de Janeiro sugirió batallas en el desierto con un ejército tripartita comandado por José Emilio Pacheco, Alberto Isaac y Café Tacuva; un adefesio con apariencia de caja de zapatos mal hecha, sustituyó al Parque del Seguro Social; los microbuses quedaron fuera de circulación en Eje Central, a los taxistas se les prohibió el ascenso y descenso de pasaje en esta vialidad, mientras los trolebuses se erigieron como el único medio de trasporte público en esta ruta llamada Corredor Cero Emisiones.

El destino final fue el corazón de México, la plaza donde el águila devora a la serpiente y los poderes federal y local se enfrascan en una lucha que frecuentemente olvida a su ciudadanía, la misma que deambula entre el barroquismo de la Catedral Metropolitana y los restos de Tenochtitlan.

Al alejarse el bólido cuyo taxímetro anteponía el velocímetro al kilometraje, observé sus colores y me asaltó una duda: el exceso de velocidad obedecía realmente al poco tránsito, como perro corriendo en parque sin correa, o eran los tonos ocre y vino quienes hacían sentir a los pilotos una suerte de Iron Man, confirmando el principio de semejanza enunciado por la psicología de la Gestalt?

Sin afición por la numerología o creencia en etapas cíclicas, descubrí que el día de mi aterrizaje en la Ciudad de México cumplí diez años de haberme mudado a Noruega. Dos lustros de emociones encontradas, una década de historia ambivalente y futuro impredecible.

El aterrizaje en Gardermoen fue aplaudido por pasajeros noruegos con sonrisas bronceadas y sombreros charros. El arribo coincidió con la llegada de la primavera a Oslo: la corriente del Golfo había calentado al Atlántico Norte.

Foto microbús: Panchito Rex.

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jueves, 25 de febrero de 2010

El corazón de Kristine registra grados bajo cero


El invierno es necio como el último borracho que se niega a dejar la fiesta. Sigue ahí, inamovible, sorprendiendo con nuevas nevadas cuando todos creían que se marchaba. Oslo no ha registrado temperaturas por encima de cero, a la sombra, desde el 12 de diciembre de 2009.

Hoy amaneció despejado y la posibilidad de poner fin a los 73 días bajo cero fue latente, pero no posible. No obstante, el sol derritió parte de la rigidez invernal: recibí un par de sonrisas por la calle y la nieve ha escurrido sobre los techos de los edificios, hasta convertirse en fascinantes figuras de hielo que sugieren estalactitas o estacas.

Lo grave de estas caprichosas formas cristalinas es que ni estamos al interior de una caverna, ni son vampiros las posibles víctimas de sus incrustaciones. Los señalamientos que indican la probabilidad de un alud o el desprendimiento de masas de hielo puntiagudas, me recuerdan la propaganda desplegada durante los periodos electorales en México: tapizan la ciudad, anuncian lo que todos saben y resultan poco útiles para los peatones que, sin alternativa, recorren las aceras reducidas a senderos debido a los amontonamientos de nieve, quedando expuestos a una especie de ruleta rusa donde el rigor del sol decide su suerte.

Entre estos avisos de lo obvio, hay uno que destaca por su ironía:"Ojo! Miré hacia arriba", como si los transeúntes de la ciudad de Oslo, símil de una pista de hielo cubierta con arena, gracias a las propiedades que la nieve adquiere por la sal regada para evitar su congelamiento, ignoraran que las secuelas del invierno no son exclusivas a nivel peatonal. Girar la cabeza en dirección a las estaláctitas de hielo puede, literalmente, costar un ojo de la cara.

El frío y las pocas horas de luz que caracterizan al invierno nórdico, provocan una temprana ansiedad por llegar a su fin. Las vicisitudes varían: abundan los resfriados, la abulia se hace constante, los resbalones y las fracturas son cotidianos -particularmente entre miembros de la tercera edad-, el caos vial encuentra un aliado en la ineficacia del transporte público, y los padres de familia sufren crisis cuando los niños, forrados con tres capas de ropa, avisan que necesitan ir urgentemente al baño justo antes de salir de casa o, peor aún, estando en la vía publica y cerca de la nada. En lo particular, una consecuencia de las bajas temperaturas capaz de incomodarme, es dormir con pijama. Tratándose de un acto esporádico, suelo despertar sobresaltado al sentir que traigo puesta una prenda, por temor a haber pernoctado en cama ajena.

Aunque las temperaturas bajo cero no han llegado a los 80 días que Julio Verne otorgó a Phileas Fogg y Passepartout para dar la vuelta al mundo, cabe recordar que el periodo de oscuridad y frío inició a mediados de octubre y se prolongará probablemente un mes más, alcanzando así una duración cercana a medio año. El invierno es una prueba contra el hastío. Paradójicamente, ahora que se aproxima la primavera, diversas imágenes invernales tejen un sentimiento de nostalgia en mi persona.

Pienso en los recorridos hechos en ferry muchas de las mañanas y tardes de los últimos meses entre Aker Brygge y la península de Nesodden. Algunas veces me tocó ver el Fiordo de Oslo convertido en un inmenso rompecabezas de hielo, compuesto por piezas con apariencia de pequeños icebergs que embonaban perfectamente ante el oleaje provocado por el transbordador. En otras ocasiones, cuando el mar se hayaba menos congelado, su superficie era una capa de latex que adquiría la flexibilidad de la corriente, sin desquebrajar el agua solidificada.

Una mañana de inversión térmica y neblina, la embarcación hubo de navegar primero lento y luego en reversa. La visibilidad era nula y el rostro en la mayoría de los pasajeros expresaba tragedia. En mi interior sonaba Get off of my cloud. A las cartas naúticas, la brújula y el radar, se sumaron las sirenas de los barcos como instrumentos de navegación. Nuestro capitán apeló a su instinto; tras unos minutos de maniobra, acallamos en el puerto. La tragedia había devenido aventura: los pasajeros tenían una anécdota que contar. Yo me quedé con ganas de saltar al mar.

Al atardecer, el cielo estaba despejado y lucía azul profundo. La diáfana visibilidad convertía al mar en el espejo donde la bóveda celeste saciaba su vanidad. El retorno a la ciudad rompió el hechizo: gentío y tráfico eran enmarcados por montañas de nieve ennegrecida con basura y smog. Desde mi asiento del autobús detenido frente al Teatro Nacional, observé a dos ancianas que cruzaron corriendo la avenida a pasos lentos, con la intención de alcanzar al camión del sentido opuesto. Concentradas en su objetivo, ignoraron la luz que les indicaba el alto a ellas y cedía el paso al tranvía.

Hay nevadas que desafían a la ley de gravedad, su viaje no es vertical sino de izquierda a derecha y viceversa. Los ojos se convierten en rendijas incapaces de filtrar la fina nieve que también terminará encontrando un ducto a la espalda, aprovechando la encorvada postura de los trashumantes. Bajo esas tormentas, únicamente un motivo extraordinario es capaz de enderezar al cuerpo, como la manta que alguien colgó entre dos árboles del barrio vecino: "Kristine, perdóname. Te amo!". Nadie resistía hurgar el mensaje ajeno; incluso una revista semanal presentó una imagen del mismo, preguntando en el pie de foto si el autor sería perdonado. Lo que intentó ser un detalle original y parecía anuncio de kermés, propició la mutación de un conflicto privado en un asunto del dominio público: si antes no la tenía, a partir de la publicación Kristine contaba con una razón de peso para negar el indulto.

A pesar de los días soleados, el Instituto Meteorológico anuncia nuevos descensos en la temperatura para este fin de semana. No sé si vuelva a nevar, tampoco sé si el corazón de Kristine registra grados bajo cero o si la manta fue plantada por la misma revista para tener algo que publicar. Ni siquiera estoy seguro de que las ancianas no hayan visto la luz roja el día que perdieron el autobús y casi la vida. La única certeza con que cuento es el invierno: no se ha ido, ni sé cuando se irá.


Foto: A. Froese

http://www.flickr.com/photos/anfroese/ / CC BY-SA 2.0


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