domingo, 3 de enero de 2010

Efecto ratatouille


Los años de residencia en México han sido decisivos en las prácticas gastronómicas de mi mujer. El aprecio a su arte culinario adquiere un plus inevitable estando aquí en Noruega, sobre todo cuando se decide a preparar mixiote o pozole, su platillo por excelencia. Modestamente, acostumbra responder a mis halagos con un dicho popular: "el amor entra por el estómago". Aunque hay mucho de cierto en su respuesta, creo que sus virtudes no tienen como objetivo despertar sentimientos y pasiones a través de la cocina al estilo Tita en Como agua para chocolate, sino generar una sinergia como Gabriel García Márquez que escribe para que sus amigos lo quieran, según él mismo ha señalado. Mi mujer recurre al mismo principio sustituyendo a las letras por los alimentos.

La noche anterior a la de Año Nuevo mi futura esposa -contemplamos la posibilidad de casarnos después de trece años de amasiato y dos hijos-preparó por primera vez bacalao a la vizcaina; mi reacción al desgustarlo fue la misma que tuvo Anton Ego después de probar el ratatouille elaborado por la rata Rémy: el sabor me remitió al pretérito, a las enormes cazuelas preparadas por mi padre para que la familia entera disfrutara el único platillo que le vi cocinar religiosamente año tras año, la víspera de navidad.

El sabor era tan delicioso como el recuerdo: quería quedarme ahí, al lado de mis padres y mis hermanos disfrutando el bacalao noruego para luego recibir algún regalo -nada que ver con los excesos consumistas de hoy en día-, y finalmente romper la piñata después de haber cantado la posada. Cuando regresé al presente sentí las mismas ganas de ser bueno que cuando tenía ocho años y papá nos sugería pedir por la paz en el planeta durante la noche buena.

Entre las frases navideñas perpetuadas como clichés, recuerdo la de "que todos los días sean navidad". El deseo no era, obviamente, una navidad infinita por los festejos sino por el deseo de paz que solía reinar en casi todo el mundo. Las guerras entraban en tregua y la violencia en general disminuía. La guerra era, y creo que sigue siendo, lo último que la humanidad desea experimentar; sin embargo, nuestra civilización, en un acto totalmente contradictorio, ha presenciado la entrega del Premio Nobel de la Paz a un galardonado que lo recibió justificando la guerra.

Barack Obama se dijo sorprendido cuando se supo gandor y fue honesto: no lo merecía. Si el Comité del Premio Nobel cambió los principios que rigen dicho galardón y en lugar de reconocer la labor se inclinó por las intenciones -promesas electorales-, se equivocaron y traicionaron su función. Si su objetivo fue presionar la política estadounidense a futuro, Obama les contestó muy claro con el envío de 30 000 soldados más a Afganistán apenas unos días antes de acudir a Oslo.

Con el mismo carisma que un artista pop seduce a su público, Obama persuadió con su retórica sobre la necesidad de la guerra y hasta las lágrimas de la princesa Mette-Marit suscitó. Algunos medios adujeron dicho gesto al imponente y emocional discurso del presidente estadunidense, yo me pregunto si la princesa llor
ó a sabiendas de que las mismas justificaciones sobre el recurso de guerra son usadas precisamente por los enemigos de los Estados Unidos de América. "Ojo por ojo y el mundo acabará ciego" afirmó Mahatma Gandhi, pero él nunca ganó el Nobel a pesar de rechazar la lucha armada para lograr la independencia india del dominio británico.

De niño solía ver la serie televisiva Dimensión desconocida; recuerdo, o creo recordar, un capítulo sobre una nave que llegaba de otro planeta y se estacionaba afuera del edificio de la ONU. Los extraterrestres no venían con intenciones de conquista sino con la consigna de instaurar la paz en la Tierra; para ello, los terrícolas tendrían tres días y, en caso de no conseguir la paz, el planeta sería eliminado. Cuando los extraterrestres regresaron se encontraron con los líderes de las potencias a las afueras de las Naciones Unidas, quienes orgullosamente les presumieron haber conseguido la paz e inmediatamente les entregaron tres enormes tomos con los acuerdos para la misma. Los extraterrestres se miraron entre sí y sólo atinaron decir: "pobres terrícolas, no entienden nada".

Me serviré el segundo plato de bacalao con la intención de traer mejores recuerdos, como cuando mi inocencia, o mejor dicho ingenuidad, me permitía contemplar el cinturón de Orión pensando que sus estrellas eran los Tres Reyes Magos en espera de que quedara dormido para bajar con mis regalos. Su benevolencía para conmigo era realmente la de mi padre, el mismo que preparaba la cena de noche buena y me hacía creer que la paz era posible.

2 comentarios:

Vic dijo...

Siempre la comida, por estar ligada al gusto y al olfato -y estos, dicen algunos, mas cercanos a la memoria, como sentidos- nos va a traer recuerdos. Positivos o negativos. Siempre. Eso que ni que. Este es un fenomeno que le pasa a todos los seres humanos. Por otro lado, Obama apelo al principio: "arma al hombre de paz, desarma al hombre de guerra" que se describe en el libro de Jay Gluck sobre artes marciales "Zen Combat". Si bien, su practica es bastante cuestionable (la de Obama). Asi esta la cosa.

Anónimo dijo...

Que la paz, al igual que el amor, llegue por el estomago.

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