martes, 19 de agosto de 2008

Let's do The Mexican Wave!


Varios medios de comunicación han destacado que la llamada ola mexicana ha sido reprimida durante los juegos olímpicos realizados en Beijing, donde sólo se ejecuta si las autoridades lo sugieren por medio de las pantallas montadas en los estadios.

La ola mexicana tiene su origen en el mundial de fútbol México 86. Su primer puesta en escena tuvo lugar durante un partido amistoso entre las selecciones de México y Argentina, realizado en Monterrey previo a la copa del mundo. Pero este ejercicio de masas no es un invento del público mexicano; en los Estados Unidos de Norteamérica ya llevaba algunos años de ser practicada en la celebración de partidos de béisbol de las Grandes Ligas. Sin embargo, ni el llamado rey de los deportes ni el título de campeón mundial que los estadounidenses otorgan al ganador de su torneo de béisbol, le dieron a la ola la proyección internacional que obtuvo en nuestro país.

Con el paso del tiempo la ola invadió otros escenarios, como el de los conciertos de rock. U2 se presentó por primera vez en México una noche de noviembre de 1992. La ola, los encendedores y los desaforados gritos de culeeeros, culeeeros propiciados por el público exigiendo una o varias canciones más, una vez concluido el repertorio de los irlandeses, fueron definitivos para que, cinco años más tarde, U2 escogiera a México –Foro Sol- como la sede donde se filmaría un concierto de su gira que posteriormente resultó en el lanzamiento de un DVD titulado POPMart Live From Mexico City.

En julio de 2005, dentro de su Vertigo Tour, U2 se presentó en el Valle Hovin Stadion de Oslo. Las crónicas de los diarios noruegos reseñaron una noche inolvidable donde la entrega de la banda y el público fue mutua. Entre los concurrentes hubo algunos amigos mexicanos y su punto de vista no coincidía con el de los medios. Me contaron que, en la mayor de las euforias, el público noruego se contentó con aplaudir y tal vez lanzar un sílbido de júbilo. Nada de olas, nada de gritos y sí muchas quejas contra los mexicanos que intentaban un brinco o un poco de baile ante los guitarrazos de The Edge.

Una de mis primeras visitas a esta tierra tuvo lugar semanas antes de arrancar el mundial de Francia 98. Me tocó presenciar un partido de preparación entre los representativos de Noruega y México en el viejo estadio de Bislett, que terminó en triunfo para los locales. El inmueble contaba con escasas butacas y la mayor parte de sus tribunas eran de concreto, lo cual le daba, hasta cierto punto, un parecido a las del Estadio Olímpico Universitario (CU). Los boletos se agotaron apenas fueron puestos a la venta gracias a la fiebre mundialista y, en parte también, por la atracción que despertó la presencia de el Matador Luis Hernández, quien por cierto no jugó. Faltaban alrededor de diez minutos para que arrancara el peloteo y aún quedaba gente por ingresar al estadio pero ya no había espacio; entonces vino un anuncio por los altavoces recordándole a los asistentes que, con excepción de los afortunados que contaban con butaca, en el resto de las tribunas el partido debería observarse de pie. No hubo reproche alguno, todo mundo se levantó y la totalidad del público con boleto pagado presenció el encuentro desde su inicio. No hubo olas.

No fue en China ni reprimieron la ola; sucedió en Oslo con un ula ula. El viernes pasado recogí a mis hijos en el barnehage y mi princesita, de casi 5 años, no me recibió con un beso sino con un ula ula al más puro estilo de un vaquero lazando un potro salvaje. Como no logró someterme solicitó la ayuda de cuatro amiguitas, así que yo pedí el apoyo de mi hijo, de apenas 2 años, quien a su vez fue reforzado por dos colegas igual de ancianos. Ellas jalaban a la izquierda y ellos a la derecha; al ula ula lo recorrí del cuello a la cintura para evitar heridas de esas que terminan en primera plana. La lucha alcanzó un nivel de catarsis como el de los deportistas olímpicos que desgarran un grito desde lo más adentro antes de ejecutar el lanzamiento de bala. Todo era gritos y risas, risas y gritos hasta que llegó una asistente, la más joven del barnehage –no creo que pase los 25- y con voz autoritaria lanzó un basta! Consideró que la diversión había alcanzado niveles de escándalo y decretó el alto al juego. Como no entendí si intentaba ayudarme, no le dí las gracias. Tampoco estaba seguro de que el reproche me incluyera a mí, así que no me disculpé.

No solamente soy el único papá mexicano en el barnehage al que asisten mis hijos, sino el único extranjero –suecos y daneses no cuentan- y el único papá al que otros niños tratan como a un amigo. Lo del viernes, no sé, para mí fue divertido, tal vez un poco ruidoso pero para nada un acto que alterara el orden de las cosas. O tal vez sí, por eso hoy he decidido que este viernes también será viernes de ula ula en el barnehage. Las asistentes tendrán que acostumbrarse a la ola mexicana.

4 comentarios:

azg12 dijo...

Qué chida está esta entrada!!
En cuanto al origen de la ola, de acuerdo con el comentarista deportivo Pepe Espinoza (q.e.p.d.), ésta se originó en el futbol americano colegial de los Estados Unidos, especificamente por los aficionados de la Universidad de Washigton. Sea esto cierto o no, como bien dices, fue en el Mundial del 86 en México que la ola se internacionalizó, y de ahi el nombre.

En cuanto a la idea principal de tu reflexión, creo que todos los mexicanos hemos experimentado de una u otra manera la frialdad de los noruegos. No cabe duda que la diferencia cultural entre mexicanos y noruegos en cuanto al comportamiento permitido en público es abismal, y por lo mismo dificil de asimilar para quienes nos tocó nacer al sur del Río Bravo. Y no pudiste escoger mejor ejemplo de ello que los conciertos de U2, eventos todos ellos a los cuales tuve la oportunidad de asistir.

Es justo que aceptemos y respetemos la manera de ser de los güeros, a final de cuentas vivimos en su país; pero eso sí, debemos de evitar que se nos olvide ser como somos... desafortunadamente veo que muchos de mis compatriotas ya lo están haciendo.

Guachichido dijo...

No hagan olas! Ni todos los noruegos son tan fríos, ni todos los mexicanos son moneditas de oro. Eso sí, los mexicanos en masa solemos hacer y deshacer para bien y para mal.

La ola no es una porra, es un acto de desmadre multitudinario y al que no la sigue, se le chifla una conocida melodía. Bueno, al menos en el Azteca o cualquier otra plaza futbolera de nuestro querido país, en China me imagino que les han de meter un karatazo al que no la haga, por aguado. Y a propósito de catorrazos, viva y recontraviva el paisano Guillermo Pérez por la presea aurea conseguida en taekwondo!

Roberto dijo...

Goya, goya, goya..., ah, me acordé del programa ochentero titulado "cachún, cachún, ra, ra", en donde el personaje principal, Huicho, si mal no recuerdo, empezaba organizando porras al principio de cada episodio.
Ni modo compatriotas exhiliados, nosotros somos escandalosos, y los noruegos calladitos, a nosotros nos gusta el chile (autogol, y me los llevé a ustedes entre las patas... otro autogol, chale), y los noruegos gustan de la mermelada. Y así infinidad de contrastes...
Ser mexicano significa saber que es mejor la salsa, que nos envuelve toda la boca, el estómago, y hasta "aquellito" al día siguiente, que la inmediata gratificación del azuquitar en la punta de la lengua.
Aprovecho para mandar un saludo a toda la banda. Un sape a los machos y un "fuii, fuiuuuu" chiflidito de albañil a las reinas.

Ana Lilia dijo...

Jajaja. Pos afortunadamente nosotros no necesitamos de karatazos para poder mover el esqueleto y cualquier otra cosa que se nos ponga en frente. A mí me encanta ser mexicana y por eso voy por los pasillos del trabajo tarareando alguna melodía, regalando sonrisas, aunque no siempre son correspondidas y sacando de órbita a los güeros con alguno que otro comentario picarón. Hay que hacer olas más seguido!!

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