lunes, 4 de agosto de 2008

Los relámpagos de julio


Al final de "Los relámpagos de agosto", a manera de anexo, Jorge Ibargüengoitia dedicó un apartado a "los ignorantes en materia de historia de México” para ubicar al lector aludido en el contexto que enmarca su novela.

En Oslo los relámpagos cayeron una noche a finales de julio. Precedieron una tormenta que tomó a todos por sorpresa, particularmente a quienes prolongaron el acto de å kose seg con una cerveza buscando mitigar el calcitrante calor de los últimos días.

Alguien en el trabajo comentó, un tanto quejumbroso, que ya habíamos tenido dos semanas de verano caluroso este año (?!). Me limité a contestar que el año se compone de 52 semanas y el verano abarca tres meses (al menos en el calendario).
Cuando llueve con ganas los noruegos suelen decir det regner hunder og katter, haciendo la réplica del it’s raining cats and dogs inglés. Los mexicanos decimos cosas como se está cayendo el cielo o ya se encabronó Tláloc.

Recuerdo aguaceros acontecidos en mi infancia. Sin falta fallaba la luz y varias calles quedaban inundadas. Recurrir al cliché parece que fue ayer carece de efectividad por la vigencia de los apagones y las inundaciones, aunque no sé si actualmente algunos adultos siguen sugiriendo, como entonces, quemar las cruces de palma que puntualmente habían sido compradas el Domingo de Ramos en el atrio de la iglesia, considerando que ese acto haría cesar la lluvia. Nunca funcionó dicho rito.

Héctor García tiene una memorable fotografía conocida como “Tláloc”, donde se ve a un hombre de aspecto campesino parado a mitad de un crucero inundado. Esa imagen fue tomada en 1960, cuatro años más tarde Tláloc, el Dios de la lluvia, o mejor dicho el monolito que lo representa, fue trasladado de Coatlinchán al Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México.

Los pobladores de San Miguel Coatlinchán dicen que el día de que se llevaron a Tláloc dejó de llover en el pueblo y el campo se secó. En cambio, a su llegada a la capital, las 165 toneladas del monolito averiaron la tubería provocando una inundación que, por si fuera poco, se vio acompañada de una tormenta que dio la bienvenida al Dios de la lluvia.

Hay quién dice que el día que nació Pancho Villa también hubo tormenta. Yo no lo sé de cierto, como tampoco sé porqué los noruegos no hacen referencia a Thor cuando hay truenos. Lo que sí sé es que al momento de escribir el borrador de este texto no hay relámpagos. Son casi las ocho de la noche y aún disfruto del sol sentado en la banca de un parque. A mi lado hay jóvenes noruegos bebiendo cerveza Corona y pienso inevitablemente en México, en su verano, en sus días de lluvia y en la cerveza Victoria.

Ahora yo también, tengo ganas de llover.

Publicado por Chilangoslo

3 comentarios:

Alejandra dijo...

Me gustó mucho tu relato y tu forma de relacionarlo. Tienes razón cuando dices acerca del ayer y el hoy. Nada es igual. El amor a nuestras raíces y a nuestro México místico siempre estará ahí presente.
A mí me gusta que llueva mucho. Me encanta que truene y que relampaguee. Me recuerda la Ciudad de México en una tarde de verano cualquiera.
Ojalá te leamos más.

Un saludo Alejandra San Juan Hagbartsen

Chilangoslo dijo...

Alejandra, gracias por tu comentario. Mi compu ha sufrido un colapso que sospecho mortal, pero espero estar en condiciones de publicar nuevamente en el transcurso de la semana.

Saludos de Chilangoslo.

CLO dijo...

!Qué llueva, qué llueva la Vírgen de la Cueva! Y para que no se resguarden junto a unas láminas y me los manden al hospital por culpa de los rayos. Y para que no se olviden de que nunca habría que guarecerse debajo de un árbol mientras llueve. Sigamos así, felices de vivir estas lluvias que sin duda nos transportan a lugares e imágenes que solo nosotros podemos entender y compartir...
!AHí VA EL AGUA!
Vientos Chilangoslo

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