miércoles, 25 de junio de 2008

De Tepito a Tepisur



El vocablo Tepito lo escuché por primera vez recién ingresado a la primaria. No me sugería ningún barrio, más bien sonaba como los albures que torpe, pero alegremente, practicaba con mis compañeros a la hora de recreo. No era el único que vivía en ese error, recuerdo a varios camaradas recurrir al término Tepito para contrarrestar el vamos a Tecojorita, que nos aplicaban los más experimentados del grupo.

Papá hizo menor mi ignorancia por accidente. Un día le escuché pronunciar Tepito en una conversación y, viniendo de labios de mi progenitor, no podía tratarse de una palabrota, así que me animé a preguntarle sobre el significado de la misma, aunque confieso que estuve a punto de recetarle un vamos a Tecojorita, por llevado.

Papá me contó del barrio bravo; del tiangius donde se comerciaba fayuca; de su relación con el Atlante, el equipo de pueblo; de sus personajes como el boxeador Rubén “Púas” Olivares, y terminó diciéndome que yo no tenía nada que hacer por ahí. Mi instinto, siempre superior a mi parte racional, supo que algún día pisaríamos esos rumbos.

Ya adolescente vi la película Chin Chin El Teporocho, dirigida por Gabriel Retes y basada en la novela homónima de Armando Ramírez, donde se retrata al barrio de Tepito durante la década de los 60. Tuve que leer la novela para saciar el morbo despertado por el filme y luego atreverme a conocer el barrio en vivo y a todo color. Ahora que, el motivo real, además de la curiosidad, era mi interés en la compra de discos de rock, pues como es sabido, a inicios de los 80 los conciertos y la música de este género entraban con cuentagotas a México. Un cuate me platicó que en Tepis vendían música de todo: Led Zepillín, Jetrho Tull, Pink Floyd, Yes, Alan Parson, The Who y una bola más de rockeros, así que hicimos la peregrinación a ese Sodoma y Gomorra de la capital, en busca de música y playeras que le contaran a los otros de la secu, de que lado mascaba la iguana.

“Yumbina... tinta china... huevos de caguama!”; gritaban a todo pulmón jóvenes que recorrían el tianguis portando su mercancía en un carrito de supermercado. Y todo era barato; bueno, casi todo, menos los discos que fuimos a comprar porque entonces todavía no existía la piratería y los cidís formaban parte de un mundo futurista apenas descrito en Stars Wars. Así que a caerle con los ahorros porque los acetatos eran producto de importación y no se conseguían por ningún otro lado, a menos que uno se lanzara a Hip 70 y pagara casi el doble.

Además de los LP’s, uno podía hacerse de unos Converse de lona originales, nada de copias pirata. Luego hubo mayor variedad y el bachillerato exigía Vans, Reebok, Nike y jeans, esos sí de dudosa reputación, de preferencia Levi’s, jamás Sergio Valente, Gloria Vanderbilt u otros con nombre de estética para señoritas.

Pasado un tiempo, mi gusto por el heavy mezcal tuvo el agrado de saciarse en Discolandia, Aurrerá y Sangrons. El rock es cultura y deja más que la agricultura había incursionado al imperio de la industria discográfica en México y las expediciones a Tepis cesaron, sobre todo porque los últimos Vans que compré, color verde agua, recuerdo muy bien, fueron a parar a pies ajenos. Apenas habíamos dejado el tianguis y enfilado hacia el Zócalo cuando zas, cinco-seis tepiteños menores de edad pero mayores en mañas, nos dieron alcance y se apropiaron de mis tenis, lo del pasaje y el vestido de jarocha que un amigo había comprado en la Lagunilla para que su hermanita bailara el 10 de mayo.

Regresé a Tepito muchos años después; el tianguis había cambiado visiblemente y el popular apócope Tepis había sido sustituido por Tepisur, para darle catego al comercio ante la llegada de los grandes shopping centers. Cuestiones de mercadotecnia. Pero mi visita ya no era en calidad de consumista, en ese entonces estaba preparando un proyecto con niños de distintos puntos de la República, y en la Ciudad de México el destino me llevó de regreso al popular barrio de la Colonia Morelos. Así conviví brevemente con los impulsores de la revista local Desde el zahuán, y con un grupo de artistas plásticos que, agrupados bajo el emblemático nombre de Los Olvidados, tenían como objetivo trabajar con infantes para estimularlos creativamente y así evitar que ingresaran a las filas de la delincuencia, la drogadicción y la nada.

Los Olvidados contaban con mucho optimismo y escasos recursos para su labor, sabían que la batalla estaba casi perdida pero se negaban a tirar la toalla. La fayuca cedió el paso a la piratería, el tráfico de armas y el narcotráfico. Los dividendos de las nuevas actividades tepitenses permitieron su consolidación de tal manera que, cuando las autoridades por fin quisieron intervenir, fueron recibidas por los locales a punta de bala. La feroz reyerta no fue una muestra representativa del alma que caracterizó al barrio bravo de antaño, sino al emporio del crimen organizado que hoy se encomienda a la Santa Muerte, cuyo culto es aún mayor en norte del país, donde también se venera a Jesús Malverde, el Santo de los Narcos.

Afortunadamente no todo es desolador en el barrio, ahí están sus escritores, sus cronistas, el grupo teatral Tepito Arte Acá, la porra del Aclante, Los Olvidados, sus boxeadores y hasta Cuauhtémoc Blanco, excelente futbolista y golpeador de mujeres.

2 comentarios:

Tlatelolca dijo...

Yumbina!!! Cómo pude olvidar esa parte en mi comentario del reportaje escrito por El País. Inolvidables los señores anunciando a 4 vientos los productos con los que hasta el más feo podría soñar con "conquistar" a la más buena. Y cómo no mencionar que Tepito ha sido por mucho tiempo la Sex Shop más grande del país, con puestos y puestos atendidos por señoras de 50 años vendiendo todo tipo de juguetes sexuales, o cualquier tipo de película porno que al cliente se le ofrezca, ya sea en Beta o VHS antes, o VCD o DVD ahora.

También recuerdo cuando acompañe a un amigo a comprar un perro para su novia, al mero corazón de Tepito. Después de una hora encontramos el chucho de la raza y color que él estaba buscando. Al momento de pagar, mi amigo tenía un billete grande, y el del puesto no tenía cambio, así que le propusimos que iríamos a comprar otras cosas y regresábamos por el can más tarde, que nos lo apartara. Pero él se rehusó: "estos perros tienen mucha demanda, alguien puede llevárselo antes. Porqué no me dejas tu reloj en prenda, y así sí te lo aparto. Ni modo que quite el puesto por llevarme un reloj?". Tal afirmación pareció tener sentido, así que le dejamos el reloj y fuimos a comprar nuestras cosas. Al regresar, ni perro, ni puestero ni puesto... mi amigo tuvo que conformarse con comprar otro perrito del puesto vecino, más chafa aún que el primero pero más caro si le añadimos el precio del reloj perdido... ni modo, así es como uno se va curtiendo.

Por cierto Chilangoslo, yo también adquirí los famosos Vans color verde agua por módicos 30 pesos afuerita del mercado de zapatos, sólo que yo conté con la fortuna de llegar a casa con ellos.

Anónimo dijo...

LA VERDAD HE COMPRADO YUMBINA EN TEPITO EN 2 OCACIONES Y JAMAS LES COMPRARIA UNA MAS ES PURO FRAUDE EN ESE ASPECTO YA QUE TE VENDEN CHOCHITOS DE ARNICA ¿ A QUIEN QUIEREN ENGAÑAR.

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